martes, 3 de abril de 2012

EL DIAMANTE DEL REY


Se cuenta que hace mucho tiempo había un rey que poseía un diamante muy valioso, uno de los más grandes, raros y perfectos del mundo. Era el orgullo del reino y solía enseñárselo a todos los visitantes.

Pero un día, cuando lo admiraba en lo alto de su castillo, el diamante se le cayó a un foso desde una gran altura. Inmediatamente mandó a rescatarlo, pero cuando al fin lo encontraron observaron que tenía rayada una de sus caras.

El rey llamó a los mejores joyeros y orfebres del orbe para que intentaran corregir la imperfección. Sin embargo, todos coincidieron en que no podrían retirar el arañazo sin cortar una buena parte de la superficie, reduciendo así el peso y el valor del diamante.

Cuando parecía que no tenía remedio, llegó un joyero no tan famoso y afirmó que él podría reparar el diamante sin problemas: “Desde mi juventud he observado al mayor orfebre de todos y con él aprendí mucho. Por eso puedo garantizarle que sabré reparar el diamante sin reducir su valor”.

Su confianza era tanta que, convencido, el rey le entregó el diamante. Después de algunos días, el orfebre volvió con la piedra preciosa y se la mostró al Rey. Éste quedó gratamente sorprendido al descubrir que el feo arañazo había desaparecido y en su lugar había sido tallada una bella rosa. ¡El rayón se había vuelto el tallo de una hermosa flor! Ahora valía más al tener grabada la imagen.

El rey, entusiasmado, dijo al orfebre: “Has mostrado un gran ingenio, ¡qué bello trabajo y qué buena idea! Ahora dime, ¿quién es ese gran hombre que fue tu maestro?”.

El orfebre respondió: “Es Dios mismo, el orfebre de la vida. Desde joven he observado cómo siempre está con nosotros, transformando, por su misericordia y poder, nuestros feos arañazos en algo bello”.

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