viernes, 29 de abril de 2011

UN LIBRO MUY INTERESANTE: AGUA DE MANANTIAL

Agua de manantial
Nombre: Orar. Los primeros cristianos
Autor: Gabriel Larrauri
Editorial: Planeta Testimonio

Portada del libro
Cuando se habla de las raíces cristianas de Europa, no se trata de una entelequia. En palabras de don Gabriel Larrauri, autor de Orar. Los primeros cristianos, «las raíces cristianas de Europa son ellos», los cristianos que, durante los primeros siglos de vida de la Iglesia, se lanzaron a predicar por todo el mundo la Buena Noticia de que el hombre ha sido redimido por un Dios encarnado, muerto y resucitado.
Incomprendidos en algunos casos y abiertamente perseguidos en muchos otros, consiguieron, con su presencia y testimonio cotidiano, que Tertuliano pudiera decir, a inicios del siglo III: «Somos de ayer y ya hemos llenado el orbe y todas vuestras cosas»: casas, ciudades, el ejército, el Senado... Todo ello, sin necesidad de planes pastorales o de evangelización.
El señor Larrauri, licenciado en Económicas y con una larga experiencia en la formación de jóvenes, se ha dedicado por afición a este tema, sobre el que ha recopilado gran cantidad de información en la web www.primeroscristianos.com -incluido, por ejemplo, cómo vivían la Pascua y otras fiestas, además de su día a día-. Ahora, ha dado un paso más, recogiendo gran parte de su pensamiento en este libro editado por Planeta Testimonio. La obra busca «hacernos presente el espíritu que ellos vivieron, tal como ellos mismos lo han contado»; es decir, que «los primeros escritores cristianos hablen directamente al lector» a través de «algunos de los tesoros que se encuentran en sus escritos, y que no son fácilmente conocidos por quienes no son especialistas».
En las 500 páginas del libro, se ofrece una amplia selección de citas, de diversos autores que vivieron desde finales del siglo I hasta el V -el último es san Agustín-. Para que no se queden simplemente en nombres, el libro incluye, al final, una breve nota biográfica de todos los autores reseñados, para situar su pensamiento en las circunstancias en las que vivieron sus vidas. La recopilación se completa con los escritos de personajes posteriores de relevancia en la Iglesia que han hablado sobre ellos. Entre ellas, destacan algunos fragmentos de las catequesis que Benedicto XVI dedicó a los Padres de la Iglesia, y que contribuyeron a reavivar el interés por ellos. Los textos, agrupados por temas, nos presentan qué pensaban nuestros padres de cuestiones tan diversas como el Bautismo, la persecución, la vida eterna, el apostolado, la penitencia, la caridad, la Virgen María o los ángeles.
En su inmediatez, «tienen un especial atractivo -subraya el autor- porque nos permiten captar el mensaje cristiano en sus fuentes originarias. Viajamos a los tiempos del nacimiento de la Iglesia. Nos permiten acercarnos a los primeros eslabones de esta fabulosa cadena que, a lo largo de la Historia, ha transformado el mundo».
Se podrá argüir, con verdad, que no se trata de grandes descubrimientos. En efecto, los cristianos que evangelizaron el Imperio Romano creían lo mismo que nosotros. Cristo es el mismo ayer, hoy, y siempre. Pero nunca es un mal momento para descubrir, precisamente, esta realidad, un rotundo mentís a quienes, desde el desconocimiento o la simplificación, manipulan los primeros siglos de la historia de la Iglesia para atacar su magisterio. Tampoco vendrá mal descubrir la frescura, la fuerza y el entusiasmo con los que vivían la fe quienes nos la transmitieron. Es muy cómodo, sí, conseguir agua fácilmente del grifo, pero a veces es necesario recordar lo que es beberla directamente de un manantial o un pozo.
Conocerlo no sólo servirá, además, para satisfacer la curiosidad histórica, pues todo lo que dijeron sobre ellos mismos y su fe tiene una gran vigencia: «Son un espejo en el que hoy en día un cristiano se puede ver reflejado, siendo consciente de las diferencias que existen entre una época y otra», explica don Gabriel, y añade que «fueron gente normal, que supo ser heroica; hombres y mujeres que, con su vida ordinaria, consiguieron cosas extraordinarias y que han dejado una huella profunda en la historia de la Humanidad». Invita, por ejemplo, a «considerar su coherencia, su valentía», incluso ante el martirio, que puede «llenarnos de fortaleza, a la vez que nos mueve a procurar defender la libertad» de quienes, en la actualidad, son perseguidos, «como lo hicieron los primeros apologistas cristianos» al denunciar «las injusticias que se cometían a su alrededor». O qué mejor para la nueva evangelización que «su ejemplo para trasformar el mundo desde dentro, sin aislarse, autoexcluirse o evadirse de la realidad diaria de la sociedad. Los primeros cristianos sabían que tenían un tesoro y querían comunicarlo a los demás: daban lo mejor que tenían».

miércoles, 27 de abril de 2011

CAMINO DE EMAUS



Día litúrgico: Miércoles de la octava de Pascua


Texto del Evangelio (Lc 24,13-35): Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.


Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras.

Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando.

Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

Comentario: P. Luis PERALTA Hidalgo SDB (Lisboa, Portugal)

«¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»

Hoy el Evangelio nos asegura que Jesús está vivo y continúa siendo el centro sobre el cual se construye la comunidad de los discípulos. Es precisamente en este contexto eclesial —en el encuentro comunitario, en el diálogo con los hermanos que comparten la misma fe, en la escucha comunitaria de la Palabra de Dios, en el amor compartido en gestos de fraternidad y de servicio— que los discípulos pueden realizar la experiencia del encuentro con Jesús resucitado.

Los discípulos cargados de tristes pensamientos, no imaginaban que aquel desconocido fuese precisamente su Maestro, ya resucitado. Pero sentían «arder» su corazón (cf. Lc 24,32), cuando Él les hablaba, «explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra disipaba la dureza de su corazón y «sus ojos se abrieron» (Lc 24, 31).

El icono de los discípulos de Emaús nos sirve para guiar el largo camino de nuestras dudas, inquietudes y a veces amargas desilusiones. El divino Viajante sigue siendo nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro se vuelve pleno, la luz de la Palabra sigue a la luz que brota del «Pan de vida», por el cual Cristo cumple de modo supremo su promesa de «yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

El Papa Benedicto XVI explica que «el anuncio de la Resurrección del Señor ilumina las zonas oscuras del mundo en el que vivimos».

lunes, 18 de abril de 2011

LA ESPERANZA CRISTIANA


La brevedad y fugacidad de esta vida temporal de alegrías y penas, de amores y dolores, de salud y enfermedad, me trae a mi memoria las coplas que Jorge Manrique que escribió, en el siglo XV, con ocasión de la muerte de su padre, maestre de la orden religiosa y militar de Santiago: “recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando cómo se pasa la vida, como se viene la muerte tan callando; cuan presto se va el placer y cómo después de recordado da dolor, y como a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Si contemplamos, pues, nuestra vida temporal vemos se inicia cuando nacemos y termina cuando morimos. Pasa fugazmente pendiente de un hilo que en cualquier momento puede romperse por una muerte súbita debida a una enfermedad incurable o a un accidente inesperado, siendo breve aunque dure cien años. Es como un soplo o un instante siendo la muerte el paso del tiempo a la eternidad.

Jorge Manrique lo describe bellamente cuando dice: “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir…partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos y llegamos al tiempo que fenecemos, así que cuando morimos descansamos”. Nuestras vidas, pues, son semejantes a un río que nace, crece y discurre por su cauce y muere en la inmensidad del mar. Nacemos, crecemos y vivimos durante un tiempo ocupando un espacio en este mundo y morimos descansando en la eternidad.

Ahora bien, nos preguntamos ¿este descanso eterno personal es como el río en la inmensidad del mar que se mezcla y se confunde con las aguas de otros ríos no teniendo vida propia e individuad?; o por contrario, ¿ nuestro descanso eterno tiene vida personal propia e individual eterna, sin mezclarse y confundirse con otros seres?. Es decir, ¿nacemos para morir en la inmensidad del cosmos como el río muere en la inmensidad del mar?; o bien, ¿nacemos para vivir personalmente con nuestro mismo cuerpo y alma que tenemos, siendo la muerte el paso a la vida eterna?.

Por la fe cristiana, fundada en las Sagradas Escrituras y en la Tradición Patrística y Eclesiástica, creemos en la resurrección personal de los muertos y en la vida eterna. Concretamente, Job dice: “yo se que vive mi Redentor, y que yo he de resucitar de la tierra el último día, y de nuevo he ser revestido de esta piel mía y en mi carne veré a mi Dios” (Job, 19,23-27). Los profetas Daniel (12, 2), Ezequiel (37,1 y sigs) y los Macabeos (II, 7,1-14) afirman la resurrección personal de los muertos y la vida eterna.

El mismo Jesucristo declara: “como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así, el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna; y llegará la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán mi voz, y saldrán los que han hecho el bien para una resurrección de vida y los que han hecho el mal para una resurrección de juicio” (Jn.5, 21-28). Con ocasión de la muerte de Lázaro, le dice a su hermana, Marta, que lloraba desconsolada: “Yo soy la resurrección y la vida, aquel que crea en mí, aunque haya muerto vivirá” (Jn 11, 25).

Los evangelistas Mateo (XX, 23 y sig.), Juan (11, 24) y las Actas de los Apóstoles (4, 2; 17, 18; 24, 2; 22, 6 y sigt., y 24, 15)) afirman tambien la resurrección personal de los muertos y su vida eterna. San Pablo, concretamente, manifiesta: “no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los demás sin esperanza, pues si creemos que Jesús murió, así también Dios tomará consigo a los que murieron en ÉL; pues el Señor, a una orden del cielo, a la voz del arcángel y al sonido de la trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero y después nosotros los que aun vivan seremos arrebatados en las nubes al encuentro con Dios en los aires y allí estaremos siempre con el Señor” (Tsln.4, 13-18).

Los Símbolos o Credos de la fe cristiana profesan: “creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”. Los Padres de la Iglesia así lo creen y los Concilios ecuménicos así lo expresan y así lo pide nuestra naturaleza. En este sentido, San Agustín de Hipona manifiesta: “Señor, nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”

Ahora bien, a la pregunta ¿dónde, cuándo y cómo tendrá lugar la resurrección de los muertos y como será su vida eterna?. Los cristianos creemos que los difuntos resucitarán donde fueron enterrados, al final de los tiempos y con unos cuerpos nuevos semejantes y funcionales a los que tenemos ahora en la vida temporal, pero inmortales, incorruptibles, gloriosos, ágiles y sutiles. Dios que los creó, del mismo modo puede recomponerlos también.

¡Esta es la gran esperanza cristiana!.