lunes, 21 de diciembre de 2009

LUCAS, 2 41-52


Domingo dentro de Navidad

Fiesta de la Sagrada Familia

27 diciembre 2009

Evangelio de Lucas 2, 41-52

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.

Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre, y cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.

Estos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca.

A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían, quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.

Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:

¾ Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.

El les contestó:

¾ ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa [las cosas] de mi Padre?

Pero ellos no comprendieron lo que quería decir.

El bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.

Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

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Nos encontramos ante un texto que guarda mucha similitud con relatos legendarios de personajes famosos de la antigüedad, a los que se les atribuía, ya desde niños, unos conocimientos especiales. Episodios como éste se cuentan de Ciro, Alejandro, Epicuro, Solón, Cicerón… Parece que, de acuerdo con esa costumbre, Lucas ha construido un relato con el que busca subrayar la sabiduría de Jesús niño. (Algunos apócrifos hacen construcciones semejantes y lo presentan discutiendo sobre astronomía, física o medicina).

A eso debe apuntar también la edad (“doce años”) –los niños no estaban obligados a ir al templo antes de los 14 años- y la postura: estar sentado denota situarse en un plano de igualdad con los doctores de la Ley; los discípulos estaban a los pies del maestro.

En el texto griego, la respuesta que da Jesús a sus padres no contiene la palabra “casa”, por lo que los exegetas prefieren traducir como “las cosas” o “los asuntos” de mi Padre. Lucas estaría pensando en sus lectores, a quienes envía un mensaje que considera importante: lo fundamental consiste en ocuparse en la voluntad del Padre.

El relato coloca también en un primer plano el hecho de que sus padres no lo comprendieran, poniendo en labios de María una queja angustiada, y en los de Jesús una reacción de sorpresa.

No cabe duda de que, en la tradición cristiana, ha costado reconocer que Jesús no fue comprendido por su propia familia. Por eso mismo, no se sabía bien qué hacer con aquel texto inequívoco del evangelio de Marcos, según el cual sus familiares “fueron para llevárselo, pues decían que estaba trastornado” (3,21); o con aquel otro en el que muestra a sus familiares, su madre incluida, “fuera” de la comunidad de discípulos (3,31); o con la sorprendente respuesta de Jesús a quienes le hablan de su madre y sus hermanos: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando entonces a los que estaban sentados a su alrededor, añadió: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre»” (3,33-35).

Los textos más originales no ocultan que Jesús sufrió la incomprensión de su propia familia, aunque quizás, posteriormente, fueran aproximándose más a él, como lo demuestra el hecho de que uno de sus hermanos, Santiago, llegara a ser el primer líder de la comunidad de los discípulos de Jerusalén.

Por otro lado, desde la perspectiva de la época, no era difícil entender aquella incomprensión. Jesús, no sólo había roto algunos tabúes intocables al dejar la familia y el trabajo para convertirse en un hombre marginal, como maestro itinerante, sino que, por sus enfrentamientos con la autoridad religiosa se hacía sospechoso de situarse contra la Ley y, lo que es más grave, constituía un peligro real para toda su familia, que podría sufrir las represalias de la autoridad.

Además de la incomprensión de su propia familia, a la tradición cristiana le ha costado reconocer el hecho de que Jesús “crecía”.

En un nivel de conciencia mítico, “divinidad” y “humanidad” aparecían como realidades antagónicas, hasta el punto de que cada una de ellas se afirmaba por oposición a la otra: a más divino, menos humano; y a la inversa.

Lo que ocurrió con ello es que, por proteger la divinidad de Jesús, se cayó, quizás de una manera no buscada, en la negación práctica de su realidad humana. Así se pudieron llegar a decir cosas extravagantes sobre él, como que poseía un conocimiento universal o que en él no pudo haber un proceso creciente de autoconciencia. No hace todavía muchos años, el debate sobre la conciencia que Jesús tenía de sí mismo y de su misión era una de las cuestiones cristológicas más debatidas. Y aún hoy, en no pocos sectores cristianos, se sigue sosteniendo una idea de la divinidad de Jesús que devalúa su realidad humana.

Detrás de ese planteamiento –como todos, hijo de su tiempo y de un nivel de conciencia determinado-, se esconde una trampa que es la que hace imposible una reformulación menos inadecuada: el dualismo o, por decirlo con más propiedad, un modelo de cognición dualista.

Es ese modelo, que ha imperado en la filosofía y la teología de Occidente, y que se nos ha impuesto como si fuera el único posible, el que terminó confundiéndonos.

Para ese modelo de conocer, todo está separado de todo, incluso enfrentado. Aplicado a la teología, implica pensar a Dios como un Ser separado –en último término, como un Objeto- frente a la realidad mundana y habitando un cielo distante, aunque paralelo al mundo.

Eso ocurre porque previamente se había reducido el “conocer” al “pensar”. Y la mente se había constituido en árbitro supremo. Con ello, la trampa estaba servida, porque es la propia mente la que es dualista. A partir de ahí, todo lo demás son consecuencias. Es decir, una vez aceptado el presupuesto, tácito e incuestionable, de que la única aproximación válida a la realidad era a través de la mente, se habían cerrado las puertas para cualquier otro tipo de conocimiento. Y, al mismo tiempo, se había sancionado definitivamente el dualismo, en todos los órdenes del conocer.

Con esos presupuestos nunca cuestionados, hablar de la divinidad y humanidad en Jesús era una tarea tan imposible como tratar de mezclar el agua con el aceite. No sólo por los estrechos límites de la mente, sino por el dualismo antagónico que se daba por válido.

Se comprende entonces que, ante el temor de que lo “divino” en Jesús resultara negado, la autoridad religiosa –y la gran tradición cristiana- terminaran oscureciendo –negando, en la práctica- algo tan inexorablemente humano como el crecimiento personal y el despliegue progresivo de la conciencia de sí.

Una vez más, venimos a constatar algo profundamente significativo: una vez que tomamos distancia de aquel modelo que habíamos considerado como absolutamente válido, descubrimos que los grandes dilemas a los que conducía no eran en realidad sino pseudoproblemas.

Cuando se considera definitiva la dualidad sujeto/objeto –ése ha sido el presupuesto de la filosofía (y teología) occidental-, empiezan a surgir problemas irresolubles: la relación del ser humano con el mundo, con los otros, con Dios… y hasta consigo mismo. Para aquella filosofía, ¡el sujeto mismo termina siendo objetivado, convertido en “objeto”!

Sin embargo, como decía más arriba, basta tomar distancia de ese modelo, para percibir que era él mismo el que generaba esos falsos problemas.

Superado o trascendido el modelo dualista, todo empieza a percibirse un modo nuevo, no-dual, en el que nada está separado de nada. Si nos ceñimos a nuestro tema, significa reconocer que lo divino y lo humano no constituyen dos realidades antagónicas, sino expresiones distintas de la Realidad única. O si se prefiere –el que se nos queda siempre y necesariamente corto es el lenguaje-, lo que existe es Dios expresándose en lo mundano, pero sin ninguna dualidad; es decir, no “pensando” a un Dios que “se expresa” en “lo mundano”. No; es algo infinitamente más sutil y misterioso, que no podemos expresar sino a través de la negación: Dios y el mundo son no-dos.

¿Y Jesús? Tan divino como humano: o tan divino precisamente por tan humano; y a la inversa. Por decirlo con una expresión de J. Sulivan, “Jesús es lo que acontece cuando Dios habla sin obstáculos en un hombre”.

Enrique Martinez