miércoles, 16 de enero de 2013

MUERTE Y MIEDO




Miles de peregrinos se dirigían hacia un santuario.  Un caballero, apostado cerca del camino, los observaba. De pronto, vio a un hombre extraño, feo y vulgar. Detuvo al hombre y le preguntó:
- ¡Eh!, ¿quién eres?  No pareces ser peregrino...
- Señor, ¿cómo puedes verme?  Nadie debería darse cuenta de que estoy aquí.
- Eso no importa. El hecho de que esté interrogándote significa que puedo verte. Así, pues, dime: ¿quién eres?
- Soy el Mensajero de la Muerte.
- ¿Hacia dónde te diriges?
- Voy al lugar sagrado de peregrinaje.
- Oh, ¿y piensas adorar a Dios allí?
- No, señor, ésa no es mi ocupación. Voy allí a realizar mi trabajo.
- ¿Cuál es tu trabajo?
- Dios me ha enviado para quitar algunas vidas. Algunas personas deben dejar sus cuerpos, y la peregrinación es una buena oportunidad para hacerlo. Dadas las malas condiciones, seguramente la gente contraerá enfermedades con facilidad.
- Entonces ¿qué harás?
- Pues sembraré el cólera.
- ¿A cuántos matarás?
- Me han asignado llevarme a cuatrocientas cincuenta personas.
- Bien, si Dios te dijo que lo hicieras, hazlo.
Entonces, la extraña criatura continuó su camino. Luego de que hubo terminado la celebración sagrada, todos los peregrinos volvieron por el mismo camino. Nuevamente el caballero se hallaba a la vera del camino, observando a los que por allí pasaban. Les preguntó a algunos de ellos:
- ¿Cómo fue todo?
- Todo salió bien -respondieron-, pero, desgraciadamente, sobrevino el cólera y acabó con las vidas de muchos.
- ¡Oh! ¿Cuánta gente murió?
- Alrededor de mil quinientas personas.
- ¿Tantas?
- De eso puede estar seguro.
El caballero pensó que él mismo podría esperar a que pasara el Mensajero de la Muerte y preguntarle qué tenía que decir. Cuando finalmente lo vio, le dijo:
- ¡Deténgase! ¿Es usted el mismo hombre que vi en camino al santuario sagrado?
- Sí, señor.
- ¿No me dijo Usted que iba a la peregrinación a llevarse cuatrocientas cincuenta vidas?
- Sí, así le dije.
- Pero, ¿sabe cuántas murieron?
- Sí, mil quinientas.
- ¿Cómo pudo hacer eso? ¡Solamente debía llevarse a cuatrocientas cincuenta!
- Señor, sólo hice mi trabajo. Me llevé a cuatrocientos cincuenta.
- Entonces, ¿cómo murieron las demás?
- Murieron de miedo.

"Dejarse vencer por el pesimismo es apagar la luz de la esperanza"

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