martes, 12 de junio de 2012

El mayordomo del Papa


Podría ser el título de una novela, al estilo del código Da Vinci u otros best seller con ingredientes comunes: escenario, ciudad del Vaticano. Personajes turbios con secretos inconfesables. Una lucha por el poder en la que puños de hierro en guante de seda reparten mandobles utilizando para ello a los medios de comunicación. Cardenales que se posicionan para una futura sucesión.  Un Papa bueno e íntegro, rodeado por conspiradores que, convencidos de tener la verdad de su parte, y pretendiendo defender así a la Iglesia, mueven fichas sobre un tablero invisible. Filtraciones. Documentos robados.Y un nombre sonoro para dar carnaza a los medios: “Vatileaks”.
¿Cuánto habrá de verdad y cuánto de amarillismo? ¿En qué quedará toda esta historia? ¿Otro jugoso bocado para que muerdan con saña los que pasan de la Iglesia? ¿Un episodio más de esta historia compleja de una Iglesia que es santa y pecadora, y donde lo más sublime a veces puede ir de la mano con lo más rastrero?
Como siempre, volver a las fuentes –el evangelio, cuando nos recuerda aquello de que «los jefes deben servir» (Mc 10,42ss)- es el mejor antídoto contra tanta mala baba. Y una constatación: la Iglesia es mucho mayor que las vanidades e intrigas, las miserias y flaquezas que, a menudo, a todos nos asaltan. Afortunadamente, en el corazón del evangelio, y en el de tantos creyentes, late una convicción: Jesús es el maestro. Y a su manera, con las manos desnudas, desde un amor compasivo, concreto, real y aterrizado, la luz brillará en medio de tanta bruma y tanto secreto.  

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