martes, 8 de febrero de 2011

JESUS Y LA INQUISICION.


JESÚS Y LA INQUISICIÓN

Carta abierta a José Antonio Pagola

“La Congregación para la Doctrina de la Fe, originalmente llamada Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición, ha abierto un proceso contra el libro 'Jesús. Aproximación histórica', del teólogo vasco José Antonio Pagola, para establecer si es conforme con la doctrina de la Iglesia, pese a que la edición revisada de la obra, la novena, lleva el 'nihil obstat' (nada que oponer) y el Imprimatur del exobispo de San Sebastián, Juan María Uriarte” (El Correo, 30.01.11).

“La Congregación para la Doctrina de la Fe abre una causa a José Antonio Pagola por su libro sobre Jesús” (Religión Digital, 30.01.11).

Querido José Antonio:

Antes que nada, quiero expresarte mi cercanía, comprensión y apoyo afectuoso, con el deseo de que te ayude a sostener la confianza que, como tú conoces bien, constituyó uno de los rasgos característicos de Jesús.

Apoyado en esa misma confianza de fondo, no puedo dejar de sentir, sin embargo, en estos momentos en que te escribo, pena y tristeza: pena por todo lo que esta situación pueda repercutir dolorosamente en ti; tristeza, porque no logro entender esas actitudes de sospecha, juicio y condena por parte de quienes –aunque sean autoridad- se dicen seguidores de Jesús.

Cuando parecía que, finalmente, se había impuesto el sentido común –la elemental cordura-, nos llega la noticia de que la Congregación para la Doctrina de la Fe ha decidido abrir un proceso a tu libro. ¡Pobre religión la que necesita de un sistema inquisitorial para protegerse! No puede ser, ciertamente, la religión de Jesús, sino, justo al contrario, la de sus verdugos. De hecho, él fue la primera víctima de una institución similar.

1. El evangelio desenmascara a los inquisidores

Hay un texto, tan iluminador como olvidado, en el evangelio de Marcos, en el que esto queda patente. Dice así:

“Entró [Jesús] de nuevo en la sinagoga y había allí un hombre que tenía la mano atrofiada. Lo estaban espiando para ver si lo curaba en sábado, y tener así un motivo para acusarlo. Jesús dijo entonces al hombre de la mano atrofiada:

-Levántate y ponte ahí en medio.

Y a ellos les preguntó:

-¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal; salvar una vida o destruirla?

Ellos permanecieron callados. Mirándoles con ira y apenado por la dureza de su corazón, dijo al hombre:

-Extiende la mano.

Él la extendió y su mano quedó restablecida.

En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para planear el modo de acabar con él” (evangelio de Marcos 3,1-6).

Espionaje, acusación, silencio retorcido, confabulación y planes de muerte: ¿qué religión es ésa que potencia tales actitudes, frente a un hombre inocente, que no hace sino reconocer la importancia del ser humano por encima de la ley del sábado? Sin embargo, para la autoridad religiosa eso era “escandalizar”.

Sabes mejor que yo que la autoridad religiosa condenó a Jesús, porque no soportaba su actitud libre ni su mensaje liberador en cuestiones “decisivas” para la religión como la ley del sábado, las tradiciones, las normas de pureza…; tampoco podía tolerar su crítica a la autoridad religiosa y a los judíos “piadosos”; le resultaba escandalosa su solidaridad con los marginados y “pecadores”; y se vio radicalmente cuestionada cuando Jesús profirió su denuncia contra el templo…

Cualquier lector del evangelio, que no se acerca a él de un modo rutinario, se ve forzado a preguntarse: ¿A qué se pudo deber tanta animadversión y hostilidad hacia Jesús por parte de la autoridad religiosa? Tengo para mí que la respuesta incluye un doble nivel: en el más aparente, la autoridad buscaba defender la “ortodoxia” y proteger la tradición recibida; en el menos visible, pero quizás más decisivo, lo que parecía mover realmente a la autoridad no era otra cosa que el miedo a verse cuestionada. Eso no significa afirmar una “maldad” especial en sacerdotes, escribas y senadores. Probablemente, ellos mismos eran inconscientes de sus motivos ocultos e incluso podían creer que estaban actuando en cumplimiento de la voluntad de Dios. Por eso, llegaron a provocar la ejecución de Jesús, pensando que así daban gloria a Dios.

Pero la realidad era la que era: si todo yo (o ego) necesita tener razón y no lleva bien sentirse cuestionado, el yo revestido de poder, acostumbrado a dirigir y controlar las conciencias –a verse a sí mismo como la “conciencia moral” de los individuos y de la sociedad- no tolerará jamás el cuestionamiento de su doctrina. Y si el yo, además de verse revestido de poder, es religioso, encontrará fácilmente un manto de “justificación divina” para todas sus actuaciones.

2. El yo y sus estratagemas: la búsqueda de poder, el miedo a la inseguridad, el mecanismo de justificación y la condena del disenso.

Si venimos a hoy, querido José Antonio, me parece que las cosas no han cambiado mucho. Siguen cumpliéndose las leyes de la sociología y de la psicología…, y los yoes (o egos) siguen funcionando prácticamente del mismo modo que hace dos mil años.

También hoy la autoridad religiosa dice actuar para mantener la ortodoxia y asegurar la tradición recibida (“para proteger la fe de los sencillos”). Y también hoy es posible que actúe de buena fe, creyendo cumplir la voluntad de Dios. Pero también hoy reclama un papel de “conciencia rectora”, que le impide aceptar la libre discusión y la discrepancia.

En definitiva, hoy como entonces, lo que se halla en juego es el poder –en la acepción amplia de la palabra- y su correlativo miedo a perderlo –lo que el yo leería como inseguridad vital-, aunque todo eso se justifique diciendo que se quiere prevenir el “escándalo”.

¿Acaso Jesús, con sus palabras y sus comportamientos, no “escandalizó” a la “gente sencilla” de Galilea? Indudablemente –hasta el punto de que ello le valió la muerte-, pero lo considerado como “escándalo” a los ojos de la autoridad religiosa, era en realidad liberación y vida. De tu libro se ha dicho que podía hacer daño; pero lo que la gente manifiesta es que le ayuda a creer y a vivir.

Sospecho sinceramente que lo que molesta a los censores no es que pueda hacer daño, sino que su propia interpretación se ve cuestionada. Y eso siempre provoca inseguridad. Quien ha puesto la seguridad en las ideas no puede tolerar que nadie las critique; ni siquiera que las formule de otro modo diferente.

Por eso, José Antonio, me da la impresión de que se vuelve a repetir contigo –como con tantos otros- lo que hicieron con el Maestro de Nazaret en aquella sinagoga de Cafarnaún: espiar, acechar, condenar…, con la única diferencia de que ahora lo hacen quienes dicen seguir a Jesús. Pero el motivo es el mismo: la “doctrina” de los censores o inquisidores se ve cuestionada.

3. Cuando un idioma condena a otro

Recurramos a una imagen sencilla. Todos los humanos, cuando hablamos, lo hacemos necesariamente dentro de un idioma lingüístico. Y a nadie, excepto a algún fanático, se le ocurre decir que un idioma es “superior” o “mejor” que otro; son, sencillamente, diferentes.

De un modo similar, siempre que pensamos, lo hacemos forzosamente dentro de un “idioma cultural”, es decir, dentro de un marco o a través de un filtro: es lo que se llama un paradigma.

Y así como no podemos entender al que habla un idioma que nos es desconocido, tampoco entenderemos a quien piensa en el marco de un paradigma que desconocemos.

La mentira del motivo condenatorio radica justamente en eso: el que habla un idioma condena al que habla otro diferente, sencillamente porque no lo conoce. Más aún, porque ha identificado a su idioma con la verdad; ello hace que descalifique a cualquier otro idioma, no sólo como “diferente”, sino como “falso”. Es el colmo de la arrogancia humana, y nace que la incapacidad de tomar distancia de las propias creencias. En el fondo, late una inmensa inseguridad: es ésta precisamente la que conduce a la confusión –grave y peligrosa- que hace tomar las propias “creencias” (idioma) como si fueran “la verdad” (contenido).

Esto no significa, en absoluto, caer en el relativismo (que, además de ser insostenible intelectualmente, conduce al nihilismo y al suicidio colectivo). Pero el rechazo del mismo no puede ser excusa para afirmar el absolutismo dogmático –como suele hacer cierta autoridad religiosa- de quien mantiene la pretensión, tan arrogante como errónea, de poseer la verdad.

Entre ambos extremos, tan insostenibles como peligrosos en sus consecuencias, se sitúa el “justo medio” que afirma que el conocer humano siempre es relativo porque, al ser situado, dice relación necesariamente a un tiempo y a un espacio. ¡Qué bien nos haría tener presente el verso de Machado!: “¿Tu verdad? No, la verdad. Y ven conmigo a buscarla; la tuya, guárdatela”.

Porque, en definitiva, éste es el pretencioso engaño en el que cae la autoridad religiosa, una y otra vez: toma como “la verdad” lo que no es sino “su interpretación”. Lo que esto revela es sólo una cosa: que quien lo hace se halla en un nivel mítico de conciencia (que confunde “su visión” con “la verdad”, olvidando algo que hoy nos resulta elemental: que todo conocimiento es ya interpretación).

4. Cuando el evangelio se lee a la luz del catecismo

Lo que yo veo en tu libro, apreciado y querido José Antonio, es sólo fidelidad al evangelio, y me pregunto qué hace que otras personas más inteligentes que yo puedan ver exactamente lo contrario.

Para esa pregunta, sólo tengo una respuesta: probablemente con toda su buena fe, lo que les ocurre es que leen el evangelio desde el catecismo posterior.

Ese catecismo –tan arraigado en el imaginario colectivo católico y, con frecuencia, tan lejano al evangelio- hace de filtro que condiciona la lectura. Cuando no ha habido un estudio serio que permite tomar distancia de las “doctrinas” recibidas, aquéllas quedan erigidas en juez supremo y definitivo de cualquier otro planteamiento teológico.

Aquel catecismo –imperante hasta mediados del siglo pasado, como la teología que se enseñaba en los seminarios por aquellas fechas, en la que parecen apoyarse tus detractores- estaba formulado en un paradigma premoderno e incluso en un nivel mítico de conciencia: ¡se comprende así que dijera lo que decía y en la forma en que lo hacía! Era su “idioma”…

Lo injusto es que se confundió lo que era sólo un “idioma” con la verdad última. Y por eso, cuando alguien, por fidelidad, se ve llevado a “traducir” el contenido a un nuevo idioma, rápidamente es condenado y descalificado. Y no se advierte de la incoherencia e injusticia que supone condenar un “idioma” desde otro…

Pero no sólo eso: al leer el evangelio desde el catecismo –o, lo que es lo mismo, al leer a Jesús desde la religión-, se pierde su novedad, su frescor y su vitalidad. La originalidad de Jesús –tremenda paradoja- queda aguada por la doctrina religiosa que él mismo denunció. ¿Podremos algún día dejar de usar la religión para domesticar el evangelio? ¿Tendremos el coraje de acoger su novedad y ser coherentes con ella, aun a riesgo de que caigan nuestros esquemas “religiosos”, nuestro afán de seguridad y la búsqueda de poder?

5. ¿Inquisidores en nombre de Jesús?

Puedo comprender las “leyes” que operan en el nivel mítico de conciencia, así como los condicionamientos psicológicos y los engaños que se derivan de la identificación con el yo (o ego), de la que venimos (o en la que nos encontramos). Con todo, me produce tristeza comprobar que entre los que se llaman seguidores de Jesús se usen prácticas características de quienes lo persiguieron y acabaron ejecutándolo.

¿Cómo se puede, en nombre de Jesús –el gran crítico de la religión y, en concreto, de la autoridad religiosa-, asumir actitudes de juicio y condena? ¿Alguien puede imaginarse al Maestro de Nazaret condenando a las personas por sus ideas? En el evangelio, únicamente hay una cosa que Jesús condena: la hipocresía de la autoridad, particularmente cuando la usa para imponerse sobre las personas.

No; Jesús no era teólogo, ni vino a hacer “creyentes”. Quería –nada más y nada menos- que hacernos un poco más “humanos”; buscaba ayudarnos a “ver”. Pero es esto precisamente lo que una mentalidad autoritaria no puede permitir: para ella, todo tiene que seguir siendo “como siempre ha sido”.

La conclusión a la que llega cualquier lector “neutral” del evangelio me parece clara: hoy también Jesús volvería a ser condenado por la autoridad religiosa (aunque se llame “cristiana”). La práctica del Nazareno –tan olvidada en los círculos “religiosos”- proclama algo radicalmente subversivo: en un conflicto entre condenadores y condenados, a Jesús se le encontrará siempre de parte de estos últimos. Esto me lleva a pensar que un “inquisidor” podrá ser muy “religioso”, incluso muy “católico”, pero no cristiano.

Concluyendo… Mantener la confianza y evitar las trampas del yo

Querido José Antonio: sé que eres un hombre bueno y fiel, coherente, íntegro y entregado, como Jesús.

Permíteme que termine con una llamada a mantener la confianza y con una invitación, que me hago a mí mismo, a la vez que las deseo para ti.

Ten confianza… y apóyate en ella. Tu “yo” podrá sufrir con toda esta situación –tanto más absurda e hiriente porque viene de quienes se dicen seguidores de Jesús-, pero quien tú eres no será afectado por nada de ella. Lo que realmente somos se halla a salvo de cualquier vaivén. Por eso, respira hondo, ven al momento presente… y toma distancia: tanto de los “ruidos” exteriores que puedan llegarte en forma de condena, como del propio yo que fácilmente nos introduce en la confusión y el sufrimiento.

Y la invitación: toda crisis es oportunidad de crecimiento. Si lo vivimos bien, el “núcleo” de todo dolor es fortaleza y vida. Por eso me parece que somos invitados a trascender el yo, sus “juegos” y sus trampas. Somos infinitamente más que él; la nuestra es una “Identidad compartida”, en la que nos encontramos con el propio Jesús, con quien estamos no-separados. Porque, más allá de la aparente (falsa) separación que establece la mente, tú y yo, tú y quienes te acosan y condenan, Jesús y nosotros, nosotros y todos los seres… somos No-dos.

En esa “Unidad compartida” o No-dualidad, sin separación ni distancia, recibe un abrazo agradecido y afectuoso,

Enrique Martinez Lozano

lunes, 7 de febrero de 2011

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Hu-Song, filosofo de Oriente, contó a sus discípulos la siguiente historia:
"... Varios hombres habían quedado encerrados por error en una oscura caverna donde no podían ver casi nada . Pasó algún tiempo, y uno de ellos logró encender una pequeña tea. Pero la luz que daba era tan escasa que aun así no se podía ver nada. Al hombre, sin embargo, se le ocurrió que con su luz podía ayudar a que cada uno de los demás prendieran su propia tea y así compartiendo la llama con todos la caverna se iluminó".

Uno de los discípulos pregunto a Hu-Song:
¿Qué nos enseña, maestro, este relato?
Y Hu-Song contestó : Nos enseña que nuestra luz sigue siendo oscuridad si no la compartimos con el prójimo. Y también nos dice que el compartir nuestra luz no la desvanece, sino que por el contrario la hace crecer.

lunes, 31 de enero de 2011

Evangelio según San Marcos 5,1-20.



Llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos.
Apenas Jesús desembarcó, le salió al encuentro desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu impuro.
El habitaba en los sepulcros, y nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas.
Muchas veces lo habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarlo.
Día y noche, vagaba entre los sepulcros y por la montaña, dando alaridos e hiriéndose con piedras.
Al ver de lejos a Jesús, vino corriendo a postrarse ante él,
gritando con fuerza: "¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo de Dios, el Altísimo? ¡Te conjuro por Dios, no me atormentes!".
Porque Jesús le había dicho: "¡Sal de este hombre, espíritu impuro!".
Después le preguntó: "¿Cuál es tu nombre?". El respondió: "Mi nombre es Legión, porque somos muchos".
Y le rogaba con insistencia que no lo expulsara de aquella región.
Había allí una gran piara de cerdos que estaba paciendo en la montaña.
Los espíritus impuros suplicaron a Jesús: "Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos".
El se lo permitió. Entonces los espíritus impuros salieron de aquel hombre, entraron en los cerdos, y desde lo alto del acantilado, toda la piara -unos dos mil animales- se precipitó al mar y se ahogó.
Los cuidadores huyeron y difundieron la noticia en la ciudad y en los poblados. La gente fue a ver qué había sucedido.
Cuando llegaron adonde estaba Jesús, vieron sentado, vestido y en su sano juicio, al que había estado poseído por aquella Legión, y se llenaron de temor.
Los testigos del hecho les contaron lo que había sucedido con el endemoniado y con los cerdos.
Entonces empezaron a pedir a Jesús que se alejara de su territorio.
En el momento de embarcarse, el hombre que había estado endemoniado le pidió que lo dejara quedarse con él.
Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: "Vete a tu casa con tu familia, y anúnciales todo lo que el Señor hizo contigo al compadecerse de ti".
El hombre se fue y comenzó a proclamar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho por él, y todos quedaban admirados.

Leer el comentario del Evangelio por
Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), fundadora de las Hermanas Misioneras de la Caridad
Nadie tiene amor más grande

«El endemoniado le pidió que lo admitiese en su compañía... Pero le dijo: 'Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo'»

Estamos llamados a amar al mundo. Y tanto amó Dios al mundo que le dio a Jesús (Jn 3,16). Hoy, ama tanto al mundo que nos da al mundo, a ti y a mí, para que seamos su amor, su compasión, su presencia a través de una vida de oración, de sacrificio, de abandono. La respuesta que Dios espera de ti es que llegues a ser contemplativo, que seas contemplativo.

Cojámosle la palabra a Jesús y seamos contemplativos en el corazón del mundo, porque, si tenemos fe, estamos perpetuamente en su presencia. El alma, través de la contemplación, saca directamente del corazón de Dios las gracias que la vida activa tiene el encargo de distribuir. Nuestras existencias deben estar unidas a Cristo que nos habita. Si no vivimos en la presencia de Dios, no podemos perseverar.

¿Qué es la contemplación? Vivir la vida de Jesús. Es así como yo la comprendo. Amar a Jesús, vivir su vida en el seno de la nuestra, vivir la nuestra en el seno de la suya... La contemplación no es encerrarse en una cabina oscura, sino dejar que sea Jesús quien viva su Pasión, su amor, su humildad en nosotros, que ore con nosotros, que esté con nosotros, y santifique a través nuestro. Nuestra vida y nuestra contemplación son una misma cosa. No se trata aquí de hacer sino de ser. De hecho se trata del gozo pleno de nuestro espíritu por el Espíritu Santo que insufla en nosotros la plenitud de Dios y nos envía a toda la creación como su personal mensaje de amor (Mc 16,15).

jueves, 27 de enero de 2011

IN MANUS TUAS PATER. POR LA COMUNIDAD DE TAIZE



EL QUE CANTA REZA DOS VECES
CANTAR ES UNA HERMOSA FORMA DE AMOR
San Agustín

SALMO 45

lunes, 24 de enero de 2011



Evangelio de Mateo 5, 1-12

En aquel tiempo, al ver Jesús al gentío subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar enseñándoles:

Dichosos los pobres en el espíritu,

porque de ellos es el reino de los Cielos.

Dichosos los sufridos,

porque ellos heredarán la tierra.

Dichosos los que lloran,

porque ellos serán consolados.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia,

porque ellos quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos,

porque ellos alcanzarán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón,

porque ellos verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz,

porque ellos se llamarán “los Hijos de Dios”.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,

porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

******

El llamado “Sermón de la Montaña” es el primero de los cinco grandes discursos de Jesús que encontramos en este evangelio. Mateo, fiel a su intención de presentar a Jesús como el “nuevo Moisés”, recopila la enseñanza del Maestro de Nazaret en cinco bloques, como si de un nuevo Pentateuco –los cinco libros de la Torá atribuidos a Moisés- se tratara.

Los otros cuatro discursos son los siguientes: el misionero (9,36-11,1), el parabólico (13), el comunitario o eclesial (18) y el escatológico (24-25).

Este primero ocupa tres capítulos (5-7), constituye la “perla” del evangelio de Mateo y se abre con la proclamación de las bienaventuranzas.

Siempre de acuerdo con su proyecto, el autor presentará un escenario lleno de reminiscencias importantes para el pueblo judío, pues evoca la proclamación de la Ley de la alianza por parte de Moisés, tal como se narra en el Libro del Éxodo (19-24). Y eso ya desde el mismo inicio. Palabras tales como “gentío”, “montaña”, “maestro sentado que enseña”, “discípulos”… están haciendo referencia, en la intención de Mateo, a la constitución del “nuevo Israel”, sobre la base de la palabra de Jesús.

En ese sentido, podemos recibir las “Bienaventuranzas” como las actitudes características de esa novedad; la propuesta de un nuevo estilo, alternativo a la cultura dominante, que nace de una comprensión profunda de lo que somos. Por eso, no deben entenderse en clave “moral” –como si constituyeran una serie de mandamientos o exigencias-, sino en clave de “sabiduría”, como llamada a despertar y a crecer en aquella misma comprensión de la que hablaba.

Quien se expresa aquí es un hombre sabio, alguien que “ha visto” y, por eso mismo, puede ayudarnos a “ver”. Leídas en esta clave, nos será fácil percibir la verdad de su contenido y la vida que ofrecen.

Es sabido que, a diferencia de Lucas –que habla de situaciones: los que son pobres, los que sufren, los que lloran…-, Mateo se refiere a actitudes, es decir a modos de situarse ante la realidad. En el primer caso, se subraya que Jesús se pone del lado de quienes sufren, ofreciéndoles la cercanía de Dios y una promesa de salida de su situación dolorosa. En este segundo, se muestra un “modo de ver y de vivir” coherente con nuestra identidad más profunda, que constituye, por eso mismo, el camino de la dicha o bienaventuranza. No hay que olvidar que, en la mentalidad semita, las bienaventuranzas no son promesas de salvación para el futuro, sino proclamación de felicidad ya para el presente… Una felicidad a la que accedemos en la medida en que nos reconocemos en quienes realmente somos, saliendo de los engaños en los que nuestra mente (el ego) –debido a su visión estrecha- nos introduce con tanta facilidad.

Por eso, no sólo no es casual que la propuesta empiece hablando de los “pobres de espíritu”, sino que ahí se encierra la clave para comprender todo el conjunto. Sólo quien se percibe y vive de ese modo puede comprender y vivir todo lo que sigue. Más aún: el resto de las bienaventuranzas no son sino una descripción de quien es “pobre de espíritu”. ¿Qué se está indicando, pues, con esa expresión?

En la Biblia, los “pobres según el Espíritu” son los anawim, las personas que viven una actitud hecha a la vez de humildad, paciencia y mansedumbre: de hecho, aquel término bíblico designa tanto a los “pobres” como a los “mansos”. Son aquéllos que se dejan hacer por el Espíritu; tienen cosas, pero no las poseen, no las agarran como suyas, no se las apropian. Eso es lo que les permite tener el corazón “des-ocupado”, y eso es lo que hace posible que Dios pueda “reinar” en ellos.

Al tratarse de una actitud, se está indicando que es una opción: “pobres de espíritu” son –en la acertada traducción de Juan Mateos- “los que eligen ser pobres”.

De modo que la bienaventuranza podría quedar formulada así: “Felices los que eligen ser pobres, porque sobre ellos Dios puede ejercer su reinado”. Es decir, dejan que Dios actúe en ellos, convirtiéndose así en “cauce” a través del cual Dios, el Misterio de Vida y de Amor, se manifiesta y fluye.

Pero esa forma de vida no puede nacer del voluntarismo, sino de la comprensión adecuada de quienes somos. Y es ahí justamente adonde apunta esta bienaventurzanza básica. Elegimos ser pobres cuando conocemos nuestra identidad. Veámoslo más despacio.

“Pobre de espíritu” es aquél que no se identifica con ninguna “forma”, sea material o mental. No se identifica, por tanto, con su yo (una forma más). Por el contrario, vive la desapropiación, porque ha comprendido que su verdadera identidad está “más allá de cualquier forma”.

Es precisamente esa comprensión la que le hace vivirse desapropiado, libre y pleno. No se identifica con el yo ni con sus vaivenes, no está a merced de lo que pueda o no ocurrir, no se afana en la persecución de “formas” en las que creería encontrar la felicidad, no gira en torno a sí mismo de un modo egocentrado…

Ve las formas como lo que en realidad son: objetos. Los pensamientos, sentimientos y emociones los percibe también como formas pasajeras,que aparecen y desaparecen en el campo de la conciencia. El propio “yo” es otra forma más, con la misma volatilidad e impermanencia que las anteriores.

La bienaventuranza viene a decirnos que quien vive identificado con esas formas no podrá experimentar lo que es el “reino de los cielos”. Y eso no por un castigo divino, sino porque el “reino del yo” y el de “los cielos” se excluyen entre sí.

¿Qué es el “reino de los cielos”? En el contexto en el que venimos hablando, bien podríamos traducir esa expresión –central en el mensaje de Jesús, y dotada de múltiples significados convergentes, según las perspectivas que adoptemos: individual, social, espiritual…- por Plenitud. Una plenitud que incluye Vida, Alegría, Amor, Paz, Unidad… y que se experimenta únicamente en el presente; o mejor aún, cuando descubrimos que somos Presencia.

Esa es la plenitud que vive el “pobre de espíritu”. Porque, desidentificado de su yo, viviendo en el presente, se percibe a sí mismo como Presencia. Del mismo modo que el presente no es un tiempo más, entre los imaginarios pasado y futuro, sino el Espacio en el que todo ocurre, la Presencia no es algo que pueda ser pensado o delimitado, sino la Conciencia que es –y somos, como nuestra identidad más honda-.

Leído en clave religiosa, los “pobres de espíritu” han vivido “pegados” a Dios, en quien han encontrado el Descanso que se ha traducido en una vida siempre confiada. Su experiencia de unidad con Dios es la que les permitió desidentificarse de su yo.

Leído hoy en una clave más ampliamente espiritual, los “pobres de espíritu” son quienes se saben, se comprenden y se viven constituidos por el Misterio inefable que las religiones han llamado “Dios”. Anclados en esa Identidad compartida –somos diferentes pero somos Lo mismo-, se experimentan como la Presencia atemporal e ilimitada, ecuánime y amorosa; han caído en la cuenta de que no tienen una vida a la que aferrarse o defender, sino que son la Vida que se expresa en una forma concreta; se descubren así viviendo ya en el “reino de los cielos”, como el propio Jesús.

(A quien le interese releer las bienaventuranzas en esta clave, puedo sugerirle el capítulo que escribí en el libro: Recuperar a Jesús. Una mirada transpersonal, Desclée de Brouwer, 2010, pp. 45-97: “Las Bienaventuranzas: mensaje de sabiduría y llamada a despertar”).

Enrique Martinez