lunes, 11 de enero de 2010

ORAR EN EL SILENCIO DEL CORAZON


Orar en el silencio del corazón

Autor: Hermano Roger de Taizé

Título: Orar en el silencio del corazón

Editorial: PPC Año: 2007

Pags.:136

La oración personal es siempre sencilla. ¿Pensamos que para orar hay necesidad de muchas palabras? Ya verás como no…


Unas semanas antes de morir el hermano Roger, fundador de Taizé, le daba a este libro los últimos retoques. A él le gustaba expresar su búsqueda de Dios en forma de cortas meditaciones. Las leía en la oración del mediodía, que reúne a los hermanos de la comunidad y a los cientos de jóvenes que participan todavía hoy en los encuentros de oración. El libro recoge un centenar de ellas. Pequeñas y certeras como saetas. Oraciones de alabanza, súplicas sencillas, expresión de una espera contemplativa que eleva el corazón creyente más allá de dudas y vacilaciones. Con la publicación de estas oraciones el hermano Roger quería invitar a dejar crecer en uno mismo la confianza sencilla de la fe y a descubrir cómo rezar en el silencio del corazón. “Espíritu Santo, misterio de una presencia, tú nos dices a cada uno: “¿Por qué inquietarte? Solo una cosa es necesaria: un corazón a la escucha para comprender que Dios te ama y siempre te perdona”.

EL REINO DE DIOS ESTA CERCA


Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo:
"El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Convertios y creed en la Buena Noticia".
Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores.
Jesús les dijo: "Seguidme, y yo os haré pescadores de hombres".
Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.
Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó,
y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.

: Mc 1,14-20

Leer el comentario del Evangelio por
Cardenal Joseph Ratzinger [Papa Benedicto XVI]
Vom Sinn des Christseins

«Está cerca el Reino de Dios»

Nos conviene preguntarnos cuál fue el mensaje real de Cristo: ¿qué es lo que anunció exactamente, qué es lo que ha traído a los hombres? Nos acordaremos que san Marcos resume el mensaje de Cristo en una sola frase: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: ¡Convertíos y creed la Buena Noticia!» «Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios». Detrás de esta frase es preciso descubrir toda la historia de Israel, este pequeño pueblo, juguete de los grandes poderosos de la tierra. Por decirlo de alguna manera había experimentado, uno tras otro, el poder de los imperios que se habían ido sucediendo en este sector de la historia; sabía hasta qué punto todo poder humano, incluido el suyo, era incapaz de proporcionarle la salvación; sabía demasiado bien que todo poder humano actúa de modo humano, es decir, demasiadas veces de manera mediocre y discutible. En medio de esta experiencia de una historia llena de decepciones, sujeciones e injusticias Israel había ardientemente aspirado a ser un reino cuyo rey ya no sería un hombre sino Dios mismo, el verdadero Amo del mundo y de la historia. Tan sólo un Reino perteneciente a este Señor, que es la Verdad y la Justicia, era capaz de traer a los hombres la salvación y el derecho. Ahora pues, el Señor viene a dar respuesta a esta espera secular proclamando: ahora se ha cumplido el plazo, ahora ha llegado el Reino de Dios... La teología cristiana, dándose, muy pronto, cuenta del hiato existente entre esta espera y su realización, al correr de los años llega a transformar el Reino de Dios en un reino del cielo situado en el más allá. La salvación de los hombres acaba situándose en la salvación de las almas, la cual, también ella, se realizará en el más allá, después de la muerte. Pero la respuesta esperada no está ahí. Porque la grandeza del mensaje de Cristo consiste precisamente en conocer que él no habló tan sólo de las almas y del más allá, sino que se dirigió al hombre todo entero, con su corporalidad, su inserción en la historia y en la comunidad humana, y que prometió el Reino de Dios al hombre de carne y hueso que vive entre los demás hombres comprometidos en esta misma historia.

martes, 5 de enero de 2010

EL CIELO EN LA TIERRA


EL CIELO EN LA TIERRA. El secreto de Sor Isabel de la Trinidad

  • Francisco Javier SANCHO FERMÍN, O.C.D.
  • Editorial Desclée de Brouwer
  • 142 páginas
  • ISBN: 8433020765 ISBN-13: 9788433020765
  • 1 edición
  • 9 Euros

“He encontrado el cielo en la tierra”. Estas palabras surgidas de la experiencia de Isabel de la Trinidad son el anuncio de la felicidad. Ella nos enseña un camino, sencillo pero seguro, para vivir el día a día en una dinámica llena de gozo. El cielo es felicidad permanente que ya Dios te regala aquí y ahora. Sólo hay que extender la mano hacia tu propio interior. Ahí te encuentras con el Dios Trino, un Dios cercano, siempre presente, un Dios papá. El Dios que te asegura siempre su amor y tu felicidad. Francisco Javier Sancho Fermín, O.C.D. es Doctor en Teología, con especialización en Teología Espiritual. Ha sido profesor en el Teresianum de Roma y actualmente, además de dar clases en la Facultad de Teología de Burgos es Director y profesor en el Centro Internacional Teresiano Sanjuanista de Ávila. También es uno de los directores de la Cátedra de Santa Teresa en la Universidad Pontificia de Salamanca. Entre sus publicaciones se cuentan numerosos estudios sobre Edith Stein, además de ser traductor y co-director de la traducción de sus obras al español. También tiene publicados diversos artículos sobre los místicos del Carmelo. Dedica toda su vida y tiempo al estudio de la mística y de la espiritualidad impartiendo cursos en diversos países de Europa y América. En la actualidad es uno de los responsables de la construcción y puesta en marcha en Ávila de la 'Universidad de la Mística'.

EL CIELO EN LA TIERRA

EL ARTE DE CALLAR



Callar sobre la propia persona

es HUMILDAD

Callar sobre los defectos de otros

es CARIDAD

Callar cuando se está sufriendo

es HEROISMO.

Callar ante el sufrimiento ajeno

es COBARDIA.

Callar ante la injusticia

es FLAQUEZA.

Callar cuando otro habla es

DELICADEZA

Callar cuando el otro espera una palabra es

OMISION

Callar y no hablar palabras inútiles es

PENITENCIA

Callar cuando no hay necesidad de hablar es

PRUDENCIA

Callar cuando Dios habla al corazón

ES SILENCIO

Callar ante el misterio que no entendemos es

SABIDURIA

Cuando en la oscuridad de la noche buscamos a Dios y no lo

encontramos es porque no buscamos

en nuestros CORAZONES

Recuerda que El nunca abandona a sus hijos…

Pero a veces somos tan ingratos que ignorando su amor

le abandonamos a EL.

lunes, 4 de enero de 2010

UN BUEN LIBRO QUE OS RECOMIENDO

Editorial: Desclée De Brouwer
Categoría: Religión
PVP: 16,00 €
Páginas: 280
Edición: 2009

Cuando creíamos conocer las respuestas, nos cambian la pregunta. Es lo que ocurre en toda mutación cultural importante, como la que nos toca vivir. Inmersos en una transformación religiosa sin precedentes, constatamos a diario que mucho de lo recibido ya no nos sirve, pero nos cuesta percibir hacia dónde vamos. Los síntomas del cambio resultan cada vez más notorios, pero necesitamos ahondar en las claves que nos permitan comprenderlo en profundidad.


¿Cómo explicar el fenómeno paradójico de la creciente búsqueda espiritual y el imparable declive de la religión institucional? Sin negar el influjo de la secularización y de la (post)-modernidad, el autor plantea una hipótesis de más hondo calado: estamos ante un cambio de época, caracterizado por una transformación de la conciencia. Ese paso de una conciencia mental-egoica a otra transpersonal, revoluciona no sólo nuestras respuestas habituales a las preguntas de siempre, sino las mismas preguntas. ¿En qué consiste exactamente ese “cambio de conciencia”? ¿Cómo se plantea en él la pregunta sobre Dios y la salvación? ¿Cuál será el lugar y el papel de las religiones en esta nueva situación? ¿Qué sentido tiene una espiritualidad post-religiosa? Sólo avanzando en la respuesta a estas cuestiones, podremos salir al paso y dar cauce a la búsqueda espiritual de nuestros contemporáneos.

Breve biografía del autor: Enrique Martínez Lozano (Guadalaviar, Teruel, 1950), es psicoterapeuta, sociólogo y teólogo. Tiene el don de articular psicología y espiritualidad de un modo sencillo, a la vez que profundo y eficaz, potenciando el crecimiento personal y la experiencia de la más genuina espiritualidad, desde la atención a nuestro peculiar momento de transformación cultural.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Evangelio de Juan 1, 1-18


En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios.

Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.

Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él y grita diciendo:

¾ Éste es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo”.

Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

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“A Dios nadie lo ha visto jamás”. A la mente humana no le gustan los misterios: tan limitada como es –apenas alcanza a conocer el cuatro por ciento de la realidad que la rodea-, prefiere aquello que puede tocar y medir.

Por otro lado, sin embargo, le encanta embarcarse en alambicadas especulaciones, con la inaudita pretensión de explicarlo todo.

Entre ambas tendencias, se mueve además la necesidad de seguridad, tan característica del yo, y que lo lleva –entre otras cosas- a querer controlar todo desde la mente.

Mezclado todo ello, es comprensible que se produzcan resultados extremos, igualmente desajustados: desde la negación de todo lo que no sea mensurable (es el cientificismo chato), hasta una forma de hablar del Misterio que lo objetiva –lo convierte en un “Objeto”- y, por tanto, lo cosifica.

Frente a este último riesgo, en el que suelen caer con facilidad las personas religiosas, nos previene esta frase del llamado Prólogo del cuarto evangelio: “A Dios nadie lo ha visto jamás”.

Sin duda, el razonar sobre Dios termina, antes o después, generando ateísmo. Porque el dios pensado no podrá ser, debido a la propia estructura de la mente, sino un “objeto mental”.

Por eso, resulta siempre oportuna la advertencia de Raimon Panikkar: “No deberíamos hacer una caricatura del símbolo Dios”. Incluso el papa Benedicto XVI, convertido en uno de los mayores defensores de la razón en la discusión religiosa actual, siendo profesor de teología en 1969, escribió algo que parece mucho más ajustado: “Todo intento de aprehender a Dios en conceptos humanos lleva al absurdo. En rigor, sólo podemos hablar de Él cuando renunciamos a comprender y lo dejamos tranquilo”.

Lo que vengo diciendo no significa, obviamente, abogar por el irracionalismo. La razón crítica constituye un logro definitivo de la Modernidad, que haremos bien en no descuidar nunca. En ella, encontramos una herramienta que nos permite desenmascarar cualquier planteamiento dogmático o comportamiento irracional.

Pero, paralelamente, es preciso reconocer que la mente no sólo no agota el conocimiento –hay un conocer no-mental o transmental-, sino que se revela radicalmente incapaz para hablar del Misterio, por una razón simple: éste la trasciende. (Pedirle a la mente que capte el Misterio es como pedirle al ojo que “vea” o entienda conceptos abstractos).

En su estudio sobre los místicos sufíes, E. Galindo escribe: “Toda expresión sobre Dios tiene que ser heterodoxa..., porque Dios no se deja apresar ni menos expresar exhaustivamente por ninguna formulación humana. Dios desborda infinitamente toda ortodoxia” (E. GALINDO, La experiencia del fuego. Itinerario de los sufíes hacia Dios por los textos, Verbo Divino, Estella 1994).

Y muchos siglos antes, uno de los Padres de la Iglesia, Gregorio Nacianzeno había sido todavía más explícito: “Nuestros conceptos crean ídolos, sólo el «sobrecogimiento» presiente algo más”.

En resumen: A nuestra mente le parece que, por el hecho de decir “Dios”, ya sabe lo que dice. Pero ese dios así nombrado puede que no sea sino una creación a medida de la propia mente. Me parece que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el Dios habitual es un Dios proyectado y, por eso mismo, “colocado ahí fuera”. Con lo cual, nombrando a Dios, hemos fracturado la Unidad que es.

Si esto es así, ¿qué criterio nos queda? El de la experiencia mística (espiritual o transpersonal) y el de la práctica. A ese Dios que no podemos pensar, sí podemos experimentarlo –en el silencio y el vacío de la mente- y vivirlo. A eso apunta precisamente el segundo término de la frase del Prólogo: “El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”.

Como le gusta decir a José Mª Castillo, la afirmación nuclear de la fe cristiana no es “Jesús es Dios”, sino más bien “Dios es Jesús”. Lo que conocemos es el predicado de la frase. En él, en Jesús, atisbamos lo que Dios sea.

La tradición cristiana reconoce a Jesús como el “Rostro” de Dios. Su decir y su hacer constituyen criterios con los que desenmascarar las proyecciones habituales de las personas religiosas. Por eso, no es extraño que, en Jesús, aparezca un Dios desconcertante, inesperado, que rompe los esquemas “religiosos” y se manifiesta como Amor gratuito e incondicional, parcial con los más débiles y crítico de cualquier forma de dominación.

Jesús habla poco de “Dios”; su mensaje gira más bien torno al “Reino de Dios”, es decir, a la Unidad de Dios en todo y en todos que, acogida, da como resultado un mundo nuevo, caracterizado por la fraternidad.

En esa misma línea, lo que Jesús hace es vivir –practicar- a Dios. O mejor aún: permite que Dios se viva en él. Por eso, precisamente es “rostro” y manifestación de Dios: porque “Jesús es lo que acontece cuando Dios habla sin obstáculos en un hombre” (J. Sulivan).

Y cuando se deja vivir a Dios, el ser humano se vivencia como bondad. Es exactamente lo que ocurrió en Jesús, que “pasó por la vida haciendo el bien” (Libro de los Hechos de los Apóstoles 10,38).

Jesús está “en el seno del Padre”, es decir, participa de la vida misma de Dios; es Dios expresándose en forma humana. Pero esto mismo que decimos de él, podemos afirmarlo de todos y cada uno de nosotros. Es toda la realidad la que está “en el seno del Padre”, sin dualidad posible.

Decía antes que, debido a su propia estructura, la mente es dualista, por lo que, incluso cuando nombra a Dios, establece separación. Y una vez fracturada la Unidad, nuestra propia identidad se nos vuelve problemática, al percibirnos como seres separados frente a los otros e incluso frente a Dios. Hemos olvidado nuestra verdadera Identidad, unitaria y compartida, que sencillamente se expresa y manifiesta en infinidad de formas.

Tal como han insistido los místicos, decir “yo y Dios” es romper la Unidad divina. Por el contrario, tanto la experiencia de Dios como el conocimiento del verdadero “Sí mismo” excluyen toda dualidad.

Nuestra mente nos hace creer que somos “yoes” que, temporalmente, tienen vida. Su limitación la confunde y le oculta que, en realidad, somos Vida, la única Vida divina –“que está en el seno del Padre”- que “temporalmente” se expresa y manifiesta en cada uno de los seres.


Enrique Martinez