Estamos celebrando el “Año de San Pablo” y no pocas veces he escuchado, sobre todo a mujeres, el afirmar que San Pablo era “anti-feminista”, “misógino” y “enemigo del sexo femenino”. Esa idea, tan generalizada, es totalmente falsa e injusta. San Pablo, más bien, es el gran promotor de los laicos y particularmente de las mujeres, como trataremos de probarlo en este pequeño trabajo divulgador. ¡Ojalá que, a raíz del “Año Paulino”, los responsables de nuestra Iglesia vieran en San Pablo el gran apóstol del laicado, masculino y femenino, y tratasen de imitarlo!
Ya Santa Teresa de Jesús se vio frecuentemente criticada en su gran labor de reformadora cuando le exigían “recogimiento, penitencia y la oración”. Sus críticos se basaban en el pasaje de San Pablo en el que se dice :“Las mujeres en la Iglesia deben permanecer calladas”. La santa, muy conocedora de los escritos paulinos, les contestaba diciéndoles que no se basasen en un pasaje aislado de San Pablo sino que deberían conocer todo el conjunto de su doctrina y su metodología misionera. Sin duda se refería a los testimonios sobre la praxis apostólica y, sobre todo, a las importantes responsabilidades que San Pablo depositó en las mujeres.
Las mujeres con las que San Pablo va tomando contacto, según el testimonio de los “Hechos de los Apóstoles” y de sus Epístolas, despliegan muchas y muy variadas actividades misioneras. Sin embargo, antes de referirnos a toda la relación de San Pablo con las mujeres, a las cuales da responsabilidades y funciones de mando y de dirección, veamos las observaciones y las críticas que se le hacen en relación a su conducta con el mundo femenino.
Los textos del conflicto ( 1 Cor 11, 2-16 y 14,34-5)
Las críticas, sobre todo femeninas, a San Pablo se basan en esos dos textos de la Primera Carta a los Corintios.
En primer lugar debemos aclarar que lo que se dice en el segundo pasaje ( 1 Cor 1,34-35) exigiendo a las mujeres que se callen en las asambleas de los cristianos. Los exégetas más calificados juzgan que ese texto es interpolado. Fue introducido en la Epístola de Pablo cuando él ya había muerto, en momentos en que el antifeminismo tomaba fuerza, como lo podemos ver en la Primera Epístola de Timoteo ( 2,12.) Esta Epístola, como las 3 llamadas “pastorales”, marcadas con un claro patriarcalismo, no son de San Pablo, como lo acepta ya la crítica universal. Las encabezaron con el nombre de Pablo por el prestigio y la alta estima que de él tenían.
El notable grado de igualdad entre hombres y mujeres que se dio en las iglesias fundadas por San Pablo lamentablemente no duró muchos años. Vemos en las Cartas Pastorales, publicadas pocos años después, cómo las mujeres son reducidas al silencio. Un silencio que iba a durar a lo largo de los siglos hasta nuestros días.
En las Iglesias paulinas había mujeres que dirigían las asambleas de oración, mujeres profetas ( 1 Cor 11,3-5), diaconisas (Rom 16,1) y líderes femeninos capaces de explicar “con mayor exactitud el camino de Dios” como lo hizo Prisca con relación a un misionero de tanta influencia como era Apolo ( Hch 18,26.).
Aunque el principio de la igualdad total de todos los fieles se seguía afirmando, sin embargo, la cultura patriarcal y los prejuicios ancestrales contra las mujeres volvieron a hacerse muy presentes en la praxis diaria de todas las comunidades cristianas.
En el caso que nos presenta 1 Cor 11, 2-16, se trata de un conflicto totalmente intranscendente para nuestra mentalidad actual pero que, en aquel tiempo, revestía gran importancia, tanto en la cultura judía como en la griega. Estaba en relación con la obligación que tenían todas las mujeres de cubrirse la cabeza con un velo en las asambleas y los actos religiosos públicos.
Podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿por qué algunas mujeres cristianas de Corinto tomaron la iniciativa de quitarse el velo en las reuniones y asambleas religiosas? Con toda probabilidad la causa fue la nueva libertad de que estaban gozando las comunidades cristianas de entonces, y que el mismo Pablo favorecía y animaba, lo que llevó a aquellas mujeres a realizar este gesto de desafío a las costumbres establecidas.
De hecho, las mujeres de las comunidades de Pablo tenían mucha más libertad y protagonismo que las mujeres que actualmente participan en nuestra Iglesia: eran líderes reconocidas y respetadas y colaboradoras en primera línea en el apostolado.
Era algo totalmente nuevo e inaudito para las costumbres de entonces el que las mujeres de las comunidades de San Pablo rompieran con esas normas antifeministas. Las mujeres cristianas de Corinto quizás fueron demasiado lejos, provocando la reacción de los elementos más conservadores de la comunidad.
Es evidente que los argumentos que expresa Pablo contra este grupo de mujeres hoy no los podemos aceptar, ya que se basan en la dependencia de la mujer con respeto al hombre y manifiestan inferioridad del sexo femenino.
San Pablo cede, en este caso, ante las corrientes machistas de su tiempo, que estaban presentes tanto en la mentalidad judía, como en la griega.
Lo curioso de este pasaje es que Pablo no parece muy convencido de sus propios argumentos, por eso da marcha atrás en la mitad de su reflexión diciendo “Si bien, para el Señor, no hay mujer sin varón, ni varón sin mujer” y, “si la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer y ambos proceden de Dios” (1 Cor 11,11)…
Es evidente que todo este conflicto estaba relacionado con la unión entre la cultura tradicional y la novedad de evangelio predicado por San Pablo. Una tensión que todavía hoy sigue en la propia Iglesia. ( La Biblia de Nuestro Pueblo” Nota al pie de texto. Pag. 2117 y 1283).
La lectura de esta carta a los fieles de la Iglesia de Corinto revela que el objetivo fundamental de la misma, es el afrontar los conflictos que ponían en grave amenaza la fraternidad que debía reinar siempre, sobre todos en las comunidades inspiradas en la metodología de Pablo.
Los conflictos en la Iglesia de Corinto eran varios y estaban relacionados con la predicación de Apolo, con las tensiones entre pobres y ricos y con el problema de los carismas. A todo esto se añadía, como algo muy grave, el que un grupo de mujeres optaran por no ponerse el velo en los actos religiosos.
El Apóstol da por supuesto que hombre y mujer participan en pie de igualdad en la celebración: ambos rezan y profetizan ( 11,45) pero vemos que Pablo cede, para evitar el escándalo que se estaba produciendo como consecuencia de la ruptura de ciertas costumbres sociales por parte de estas mujeres de la comunidad. Pablo se da cuenta de que su primer mensaje de libertad provoca unos movimientos peligrosos para la fraternidad del grupo y esto le hace volverse más cauto.
Listado de las mujeres más activas y con mayores responsabilidades en las comunidades cristianas paulinas
San Pablo ya había afirmado en la Epístola a los Gálatas (3,28 ) “Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer; porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús”
Si recorremos las páginas del libro de los “Hechos” y las Epístolas de Pablo, una de los datos más sorprendentes es la misión evangelizadora, activa y responsable, que se les da a la mujeres.
Señalamos algunos nombres de mayor influencia:
Febe (Rom 16,1-2) es una cristiana de origen griego. Parece que gozaba de una confortable situación económica, lo que explica sus viajes y su disponibilidad a ayudar económicamente a las comunidades cristianas. Pablo la llama “nuestra hermana, nuestra colaboradora”. Le da los mismos títulos que a Timoteo y a Tito.
Pablo comunica a la comunidad de Centreas que ella era “diaconisa”que es el mismo título que Pablo se atribuye a sí mismo y otros, como Timoteo y Tito. El Apóstol les recomienda para que “la reciban en el señor, como corresponde a los santos, ayudándola en todo lo que necesite de ustedes. Ella ha protegido a muchos hermanos y también a mí”.
Priscila o Prisca aparece citada seis veces. Su marido, llamado Áquila, era un hombre muy influyente y gran colaborador en la misión. Sin embargo, al citar a ambos consortes, Pablo pone varias veces el nombre de la mujer en primer lugar. Pablo dice de este matrimonio “expuso la cabeza por mí” ( Rom 16,3). ´
Junia. A ella y a su marido Andrónico les dice Pablo que son “apóstoles insignes”. Era el título que recibían los Doce y algunos grandes colaboradores como Tito y Epafrodito. San Pablo se rodea siempre de colaboradores y colaboradoras que van a constituirse en enviados oficiales de la comunidad.
Lidia era comerciante en telas preciosas, como la púrpura. Había establecido relaciones comerciales con algunos judíos aunque ella era de origen gentil. Pablo se alojó en su casa.
María, Trifona, Trifosa y Pérsida (Rom 16 6-12) se dice de ellas que “trabajaron duramente por nosotros o por el Señor” Es muy posible que desempeñasen alguna función importante como líderes locales.
Apfia ( Flm. 1,1-2) es mencionada en la Carta a Filemón. Pablo la llama “hermana” igual que a Febe y por esa razón ha de interpretarse que era una estrecha colaboradora de Pablo.
Evodia y Síntique (Flp 4,2) Dice de ellas que son dos mujeres que “ han luchado por el evangelio a mi lado”.
La madre de Rufo (Rm 16,3) de la que dice Pablo “ también es madre mía”.
Hay otras muchas mujeres de las cuales sólo conocemos el nombre como Julia y Olimpia. También nos costa de la existencia de grupos de mujeres anónimas que colaboran directamente en la labor evangelizadora como el grupo que existía en Filipos (Hch 16, 13,) o las mujeres que se juntan para despedir a Pablo en Tiro (Hch 21, 5) o las cuatro hijas de Felipe, el predicador del evangelio, que tenían el don de la profecía ( Hch 21 ,8) o el conjunto de mujeres de la alta sociedad de Berea (Hch 17,1).
Es sorprendente que en la Epístola a los Romanos, en la última página, Pablo cite nominalmente a doce mujeres, todas ellas muy unidas al apóstol como colaboradoras, como bienhechoras o como diaconisas. De todas ellas afirma: “Han trabajado mucho por el Señor.”
Llama la atención que Pablo envía esta carta tan importante a los cristianos de Roma cuando todavía él no conocía Roma. Esto nos indica que el conocimiento que Pablo tenía de los cristianos de Roma, y en especial de las mujeres, no era, por lo tanto, una relación de pura amistad basada en sentimientos, sino en la praxis misional de la cual Pablo era la expresión más dinámica y eficaz.
La praxis misionera de Pablo, confiriendo importantes responsabilidades apostólicas a mujeres, a pesar la visión tradicional opuesta, es una llamada a dejarnos cuestionar y a apostar por una Iglesia menos patriarcal y más integradora.
Es desde una participación de la mujer mucho más acogedora y con funciones importantes desde donde puede venir una auténtica renovación de nuestra Iglesia. ( Sal Terrae, Junkal Guevara. Oct. 2008 p. 123 y s.)
En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: Entonces, ¿qué hacemos?
El contestó:
El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.
Vinieron también a bautizarse unos publicanos; y le preguntaron:
Maestro, ¿qué hacemos nosotros?
El les contestó:
No exijáis más de lo establecido.
Unos militares le preguntaron:¿Qué hacemos nosotros?
El les contestó:
No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino contentaos con la paga.
El pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos:
Yo os bautizo con agua, pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego: tiene en su mano la horca para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.
Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba la Buena Noticia.
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La figura de Juan el Bautista planteó problemas al cristianismo primitivo. Sus discípulos habrían de continuar durante bastante tiempo, e incluso el libro de Los Hechos de los Apóstoles constata su presencia (18,25; 19,3). Pretendían que Juan era superior a Jesús, ya que éste se había hecho bautizar por aquél.
Para salir al paso de esta dificultad, Lucas menciona el bautismo de Jesús, una vez que el Bautista había sido ya encarcelado (3,20-21).
En el relato de hoy, Juan aparece como un “maestro de moral” y predecesor del Mesías Jesús, que –como se encarga de subrayar el autor del evangelio, dentro de la polémica ya citada- es “el que puede más que yo”.
En las respuestas que da el Bautista a los diferentes grupos de personas que se le acercan –la gente, los publicanos, los militares-, algunos exegetas opinan que en realidad Lucas estaría pensando en los destinatarios de su propio escrito. Es decir, se trataría de normas éticas para los primeros cristianos de la comunidad lucana.
Otro detalle característico de la predicación del Bautista es la insistencia en el pecado y en la dureza del juicio divino. Aquí se refiere al Mesías como aquél que viene a “quemar la paja en una hoguera que no se apaga”. Un poco antes, había hablado del “hacha puesta a la raíz de los árboles”, recalcando que “todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado al fuego” (4,9).
No parece extraño que más tarde, viendo cuál era el mensaje y la actitud de Jesús, quedara perplejo y le enviara discípulos desde la prisión para preguntarle: “¿Eres tú el que tenía que venir o hemos de esperar a otro?” (7,19). Al parecer, el comportamiento del maestro de Nazaret no encajaba con la idea que él se había hecho.
La notable divergencia entre ambos maestros puede sintetizarse en una sola palabra: gratuidad. El centro de la predicación de Jesús no es el pecado del que convertirse, sino la buena noticia de un Dios que es derroche de amor gratuito e incondicional.
Por eso, en Jesús se nos muestra alguien que no va buscando pecadores que convertir, sino personas necesitadas a quienes ayudar. La diferencia es crucial y tendría que hacernos replantear si, como Iglesia, en ocasiones no parecemos ser más seguidores de Juan que de Jesús. La pregunta, también para nosotros, es simple: ¿Vamos por el mundo viendo pecados o atentos a las necesidades de los seres humanos?
Es comprensible que quien pone su atención en los pecados se convierta en juez y termine amenazando y dictando sentencia condenatoria –¡qué triste espectáculo el de las recientes amenazas de pecado y excomunión por parte de algunos obispos entre nosotros…!-. Por el contrario, quien busca ayudar, se sitúa como servidor y vive la comprensión y el perdón.
Lo que ocurre es que, para el ego, pocas cosas hay que le otorguen tanta sensación de existir como el juicio sobre los otros. Quien juzga se ha colocado ya un peldaño por encima de quien es juzgado. Si tenemos en cuenta que lo que el yo busca es la autoafirmación a cualquier precio y el destacar sobre los otros, su adicción al juicio es fácil de entender.
De nada servirá la contundencia de las palabras de Jesús: “No juzguéis y no seréis juzgados” (6,37); “¿Cómo es que ves la mota en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en el tuyo?” (6,41). Es imposible estar identificado con el yo y no juzgar.
Pero todavía hay más. Arrogarse el poder de dictaminar acerca de lo que es “pecado” confiere a la persona o al grupo un inusitado y enorme poder: el poder sobre lo más íntimo de la persona, la conciencia.
No se descubre nada nuevo al afirmar que ha sido ahí donde muchas veces se ha asentado el autoritarismo religioso: pecado, culpabilidad, condenación, angustia… Demasiados factores afectando a fibras muy sensibles de la persona como para que no se cayera, frecuentemente, en la dominación de las conciencias.
Pues bien, frente a todo ello, ¿qué tenemos que hacer?
La respuesta de Jesús a la pregunta del Bautista desconcertado fue la siguiente: “Los ciegos ven, los tullidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia; y dichoso el que no se escandaliza de mí” (7,22-23). No se menciona el pecado, ni la amenaza, ni nada que ellos “debieran” hacer… Jesús pone el acento en lo que él mismo hace al servicio de los necesitados, y termina llamando “dichoso” a quien, en esa forma de ser y de hacer, es capaz de descubrir el “modo de ser” de Dios.
Esta última parte de la respuesta es sabia. Jesús sabe que la persona “religiosa” se escandaliza fácilmente cuando le “tocan” su idea de Dios. Quien ha puesto su seguridad en conceptos no puede permitir verlos cuestionados, porque con ellos caería su propia seguridad. Por su parte, la autoridad tampoco puede permitir que se discrepe de su doctrina, porque ve amenazado su propio estatus. ¿Qué hacer? Catalogar la discrepancia como escándalo y aplicar al discrepante el sambenito de “escandalizar a la gente sencilla”.
La postura de Jesús parece otra. Por un lado, sabe que únicamente se cae “lo que estaba edificado sobre arena” (evangelio de Mateo 7,24-27): quien apoya la fe en la experiencia no teme la discrepancia. En segundo lugar, entiende que el escándalo está en otra parte: en buscar los primeros puestos y despreciar a los pequeños (evangelio de Marcos 9,35-37; 10,13-16; 10,42-45).
Por lo demás, en el sentido en que habitualmente se usa el termino “escandalizar”, habría que decir que el propio Jesús fue un gran escandalizador. Se enfrentó a la imagen de Dios que predicaba la autoridad religiosa del Templo y denunció sus “valores” más intocables: La Ley, el Templo, las tradiciones, las normas de pureza…
Rafael Aguirre escribe: “Jesús, que aparece siempre rodeado de gente y que no excluye a nadie, que acoge a pecadores y publicanos, sin embargo mantiene una polémica durísima con las autoridades religiosas… Les dice que su religiosidad es una forma de ceguera, y su oración, hipocresía (Mt 6,5) y fuente de explotación (Mc 12,40); que usan a Dios como subterfugio para no hacer el bien debido al prójimo (Mc 7,9-13); que ponen la Ley por delante de los hombres (Mc 2,23-28); que utilizan el Templo para enriquecerse y legitimar la injusticia (Mc 11,15-17); que encubren bajo capa de religiosidad sus mezquindades y pecados (Mt 23,37); que se vanaglorian de su integridad religiosa para despreciar a los demás (Lc 18,9-14); que se preocupan de los diezmos más insignificantes y se olvidan de la fe, de la misericordia y de la justicia (Lc 1,42). En otras palabras, Jesús les dice que el suyo no es el Dios de la vida, sino un ídolo de muerte”[1].
Este comportamiento escandalizó a quienes no estaban dispuestos a modificar su imagen de Dios ni a renunciar a sus intereses, desencadenando un conflicto mortal que acabaría en la cruz.
Pero lo que no cambió fue la fidelidad de Jesús: a Dios, enfrentándose a una religión que lo había domesticado y deformado, y al ser humano como valor primero.
Vivir así favorece que podamos “ver” cada vez más el Rostro de Dios en todo lo que es: eso es también vivir en “Adviento”.
Enrique Martinez
[1] R. AGUIRRE – C. BERNABÉ – C. GIL, Qué se sabe de Jesús de Nazaret, Verbo Divino, Estella 2009, p.154.
Fabrice Hadjadj nació en Nanterre en 1971 de padres de ascendencia judía e ideología maoísta. Vivió su infancia entre Túnez y Francia. Ahora reside en la Provenza francesa, donde ejerce como profesor de Filosofía y Literatura. Convertido al catolicismo en 1998, a veces se presenta a sí mismo como un judío de nombre árabe y de confesión católica. Es ensayista y dramaturgo, está casado con la actriz de teatro Siffreine Michel, de la que tiene cuatro hijas y actualmente enseña en el instituto privado Sainte-Jeanne d’Arc y en el Seminario de Toulon.
Muchos cristianos piensan que sus enemigos más peligrosos están entre los libertinos y los lujuriosos, sin embargo, los demonios son ángeles e ignoran los placeres de la carne. Otros los buscarían entre los ateos o los agnósticos, pero los demonios creen, nos recuerda Santiago, y tiemblan. No hay un solo artículo de fe que no tengan por cierto. Quizás lo demoníaco no sea algo tan exterior como imaginamos. Este libro no es un tratado de demonología, sino una reflexión sobre la lógica del mal, un pequeño breviario de combate (y de vulnerabilidad), una lección de catecismo para, como dice San Pablo, aprender a ejercer el pugilato, sin dar golpes en el vacío (1 Co 9, 26). Introducción
PRIMERA PARTE:
Los demonios también creen (o de cómo se puede tener una fe infalible y caer en el peor de los pecados)
Primera lección:
Las tentaciones en el desierto
Lo tenebroso en la vidriera
Satán biblista
. y pedagogo
Genialidad de las tres tentaciones
Si eres Hijo de Dios
El Seductor entre los fieles
Falso diálogo
Segunda lección:
Evangelio del diablo según San Marcos
Una respuesta silenciosa
Milagro en Cafarnaúm
En Gerasa, adoración y participación.
. y oración de los demonios
Fe de los demonios e incredulidad de los discípulos
Satanismo pontifical
Tercera lección:
La lucidez de las tinieblas
Creer a Dios y creer en Dios
Cómo se pasa de ángel a demonio (I): La soberbia y la envidia
Cómo se pasa de ángel a demonio (II): La parábola de los dos hijos
Cómo se pasa de ángel a demonio (III): Hacer el bien según los propios proyectos
Verdadero monólogo
El diablo es amor. propio
Liturgia del pandemónium
¿Jesús contra la apologética?
Por qué se esconde Dios
SEGUNDA PARTE:
Padre nuestro de la mentira (o de cómo la fe de los demonios fecunda los errores de los hombres)
Primera lección:
Extensión del ámbito de la lucha
La tentación en el Jardín
Santa Notoques, protopecadora
La culpa de Adán o la compasión pervertida
Las flores del mal y el infierno del progreso
Allí arriba, un ejército combate por mí
De cómo nada es diabólico de por sí, sino que todo se puede reconquistar
Entre la perdición y el orgullo: el diablo dividido
Entre la tentación y la prueba: el diablo exasperado
Segunda lección:
Un orquestador de debates
Del temblor de tierra al temblor de cielo
De las bestialidades a la Bestia
El heresiarca dogmático
Lo verdadero sometido a tensión
De la primera letra de la Biblia, o el dos entre el dúo y lo dual
Cómo se vuelven locas las virtudes
El principio de Calcedonia: sextuplicidad del error y más
Por qué los hijos de este mundo son más astutos
Tercera lección:
La gran maquinación: ateísmo y fariseísmo
Origen y valor del ateísmo desde el punto de vista demoníaco
1. La fe, la esperanza y la caridad son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios. Son, por excelencia, las virtudes "teologales": nos ponen en comunión con Dios y nos llevan a él. Forman un tríptico que tiene su vértice en la caridad, el agape, que canta de forma excelsa san Pablo en un himno de la primera carta a los Corintios. Ese himno concluye con la siguiente declaración: "Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad" (1 Co 13, 13).
Las tres virtudes teologales, en la medida en que animan a los discípulos de Cristo, los impulsan a la unidad, según la indicación de las palabras paulinas que escuchamos al inicio: "Un solo cuerpo (...), una sola esperanza (...), un solo Señor, una sola fe (...), un solo Dios y Padre" (Ef 4, 4-6). Continuando nuestra reflexión de la catequesis anterior sobre la perspectiva ecuménica, hoy queremos profundizar en el papel que desempeñan las virtudes teologales en el camino que lleva a la plena comunión con Dios-Trinidad y con los hermanos.
2. En el pasaje de la carta a los Efesios antes mencionado el Apóstol exalta ante todo la unidad de la fe. Esa unidad tiene su manantial en la palabra de Dios, que todas las Iglesias y comunidades eclesiales consideran como lámpara para sus pasos en el camino de su historia (cf. Sal 119, 105).
Las Iglesias y comunidades eclesiales profesan la misma fe en "un solo Señor", Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y en "un solo Dios y Padre de todos" (Ef 4, 5. 6). Esta unidad fundamental, así como la que brota del único bautismo, se manifiesta claramente en los múltiples documentos del diálogo ecuménico, aunque sobre algunos aspectos quedan aún motivos de reserva. Por ejemplo, en un documento del Consejo ecuménico de las Iglesias se lee: "Los cristianos creen que el "único verdadero Dios", que se dio a conocer a Israel, se reveló de modo supremo en "su enviado", Jesucristo (cf. Jn 17, 3); que en Cristo Dios reconcilió consigo al mundo (cf. 2 Co 5, 19); y que, mediante su Santo Espíritu, Dios da nueva vida, vida eterna, a todos los que por medio de Cristo se entregan a él" (Confesar una sola fe, 1992, n. 6).
Todas las Iglesias y comunidades eclesiales se refieren a los antiguos símbolos de la fe y a las definiciones de los primeros concilios ecuménicos. Sin embargo, existen aún algunas divergencias doctrinales, que es preciso superar para que el camino de la unidad de la fe llegue a la plenitud señalada por la promesa de Cristo: "Escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño y un solo pastor" (Jn 10, 16).
3. San Pablo, en el texto de la carta a los Efesios que hemos puesto como emblema de nuestro encuentro, habla también de una sola esperanza, a la que estamos llamados (cf. Ef 4, 4). Es una esperanza que se manifiesta en el compromiso común, a través de la oración y la activa coherencia de vida, con vistas al establecimiento del reino de Dios. Dentro de este vasto horizonte, el movimiento ecuménico se ha orientado hacia metas fundamentales que se entrelazan, como objetivos de una única esperanza: la unidad de la Iglesia, la evangelización del mundo, la liberación y la paz en la comunidad humana. El camino ecuménico se ha beneficiado también del diálogo con las esperanzas terrenas y humanísticas de nuestro tiempo, incluso con la esperanza oculta, aparentemente derrotada, de los "sin esperanza". Frente a estas múltiples expresiones de la esperanza en nuestro tiempo, los cristianos, aunque estén en tensión entre sí y probados por la desunión, han sido impulsados a descubrir y testimoniar "una razón común de esperanza" (Consejo ecuménico de las Iglesias, "Faith and Order" Sharing in One Hope, Bangalore 1978), reconociendo en Cristo su fundamento indestructible. Un poeta francés escribió: "Esperar es lo más difícil (...). Lo fácil, la gran tentación, es desesperarse" (Charles Peguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud, ed. Pléyade, p. 538). Pero para nosotros, los cristianos, sigue siendo válida la exhortación de san Pedro a dar razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15).
4. En el vértice de las tres virtudes teologales está el amor, que san Pablo compara casi con un lazo de oro que une en armonía perfecta a toda la comunidad cristiana: "Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección" (Col 3, 14). Cristo, en la solemne oración por la unidad de los discípulos, revela su substrato teológico profundo: "el amor con que tú (oh Padre) me has amado esté en ellos y yo en ellos" (Jn 17, 26). Precisamente este amor, acogido y acrecentado, constituye en un solo cuerpo a la Iglesia, como nos señala san Pablo: "Siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor" (Ef 4, 15-16).
5. La meta eclesial de la caridad, y al mismo tiempo su fuente inagotable, es la Eucaristía, comunión con el cuerpo y la sangre del Señor, anticipación de la intimidad perfecta con Dios. Por desgracia, como recordé en la catequesis anterior, en las relaciones entre los cristianos desunidos, "a causa de las divergencias relativas a la fe, no es posible todavía concelebrar la misma liturgia eucarística. Y sin embargo, tenemos el ardiente deseo de celebrar juntos la única Eucaristía del Señor, y este deseo es ya una alabanza común, una misma imploración. Juntos nos dirigimos al Padre y lo hacemos cada vez más "con un mismo corazón"" (Ut unum sint, 45). El Concilio nos recordó que "este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la una y única Iglesia de Cristo excede las fuerzas y la capacidad humanas". Por ello debemos poner nuestra esperanza "en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros y en el poder del Espíritu Santo" (Unitatis redintegratio, 24).