lunes, 19 de enero de 2009

EDUCAR EN LA SOBRIEDAD


Hace poco, un niño —llamado Björn— celebró su decimosegundo cumpleaños. Para esta ocasión, los padres habían organizado una fiesta: habían invitado a los abuelos, a varios tíos y muchos amigos. Después de las felicitaciones, Björn se encontró rodeado de un montón de paquetes, de todos los tamaños y colores. Sin decir ni una palabra, empezó a deshacer el primero, miró el regalo y lo puso a un lado. Después deshizo el segundo, miró el regalo y lo puso al lado del primero. Así seguía deshaciendo los paquetes en silencio, mientras que los visitantes, cada vez más tensos, formaron un círculo alrededor de él. Björn miró los regalos y los puso a su lado. Por fin le preguntó uno de sus tíos: "¿No te gusta ninguno de nuestros regalos?" Y la respuesta tajante fue: "Si no digo nada, todo está bien."
Así es la sociedad de consumo. Estamos acostumbrados a tener muchas cosas, y a recibir cada vez más. Esto trae consigo algunos peligros y retos. Pero antes de hablar de ellos, quiero subrayar una cosa. Nuestra sociedad no es "mala". Tiene aspectos positivos y negativos como todas las demás. Es la sociedad que nos ha tocado vivir, y podemos sentirnos muy felices de vivir en ella. Disfrutamos del internet, y tenemos contacto con personas estupendas en todo el mundo. Algunos pretenden distanciarse de la técnica y de los demás logros tan apasionantes de nuestro tiempo. Otros rechazan abiertamente nuestra civilización; desarrollan un cierto cinismo y difunden un pesimismo cultural. Estas actitudes son preocupantes: engendran, con frecuencia, un clima asfixiante que apaga cualquier iniciativa y apenas deja respirar y pensar por libre. Bloquean las aspiraciones nobles de los que se sienten pioneros de un nuevo milenio. Y lo que es más importante: no parece que se inspiren en la Buena Nueva de Jesucristo. No dan lugar a un amor auténtico hacia todo lo humano, ni a la alegría profunda de quien se sabe hijo de un Padre omnipotente y misericordioso. No se trata de despreciar los bienes de esta tierra. Se trata más bien de utilizarlos rectamente, con verdadero señorío y libertad, y de ponerlos al servicio de la persona humana, y de Dios. Se trata, en definitiva, de vivir según la dignidad de nuestra naturaleza en la sociedad que nos rodea.
Pero, ¿cómo es esa sociedad? ¿Se comprenden los planteamientos cristianos hoy en día? Los educadores, ¿pueden percibir alguna inquietud religiosa en los jóvenes? ¿Pueden, al menos, contar con una cierta sensibilidad para las cuestiones que atañen a la trascendencia?
1. El background cultural
En nuestra cultura actual, muchos viven un cierto ateísmo práctico, pero pocos hablan de la "muerte de Dios". Los grandes teóricos de la secularización (y de la construcción de un mundo sin Dios) abandonaron ya en los años setenta sus antiguas posiciones, en nombre de las cuales tantos cristianos sintieron el deber de cambiar su vida notablemente. Uno de esos antiguos maestros llegó incluso a afirmar que "el cambio de estructuras, sin que el hombre se cambie a sí mismo, es una gran ilusión."
1.1. El antiguo movimiento "hippy"
Parece que hay una relación entre el abandono del movimiento de la "muerte de Dios" y la aparición del fenómeno "hippy", típico de aquellos años. Algunos calificaban a los "hippies" como neomísticos. Su mensaje a la gente de Occidente no era cristiano. Pero, ¿se puede negar que se inspiraba en algunos valores del Evangelio? Rezaba más o menos así: "¡No os dejéis engañar! Las nuevas sociedades consumistas no os traen la libertad tan deseada. Engendran más bien un nuevo tipo de esclavitud, porque os seducen a ataros a un sinfín de cosas superficiales y superfluas..." Los mismos "hippies" cargaron con las consecuencias. Se negaban a acumular riquezas; estaban despreocupados de la construcción de este mundo, deseosos de no insertarse en el sistema, temerosos de que un cambio de estructuras sólo sirviera para llegar a un bienestar material aún mayor. Optaron por una vida alternativa, marcada por el "desprendimiento" optimista, la fiesta y la contemplación. El fenómeno en su traducción religiosa e incluso cristiana, como puede ser el movimiento "Jesus-People", no se interesó por Jesús porque él fuera a resolver los problemas socio-políticos (de los que el "hippy" se marginó voluntariamente), sino porque trae la paz al corazón. Es decir, consciente o inconscientemente se buscaba algo que pertenece a la experiencia religiosa.
Los movimientos "hippy" y "Jesus People" han reintroducido en nuestras sociedades algo muy interesante, que representa además un elemento antisecularizante: es, por un lado, el rechazo de una vida consumista, cómoda y aburguesada y, por el otro, la celebración de las fiestas, la importancia de los ritos. Son estas, sin duda, prácticas importantes que rompen la monotonía de lo profano. Pero ni los "hippies" ni los "Jesus People" se esforzaron por fundamentar sus prácticas en una teoría. No consiguieron unir sus experiencias religiosas con una doctrina clara. De este modo, no lograron transmitir sus valores a una nueva generación.
Los hijos de los "hippies" ya no rechazan la sociedad consumista, sino que están completamente inmersos en ella. En general no son revoltosos como sus padres. Son "buenos chicos", les gusta el dinero, y muchos de ellos "no se sienten capaces de forjar un futuro", según los resultados de un estudio italiano. Cada vez más jóvenes se sienten incluso tan a gusto en la casa de sus padres que, a diferencia de las generaciones anteriores, no tienen ganas de salir de ella, independizarse y crear una familia propia. ¿Por qué terminar pronto los estudios y emprender un trabajo remunerado, si se tiene una vida tan fácil y cómoda en la familia de origen? Parece, a veces, que apenas tienen proyectos y metas personales, apenas aspiran a algo que no tenga que ver con el bienestar material, apenas expresan preguntas, inquietudes y preocupaciones...
1.2. La "espiritualidad secularizada"
Mirando la cultura que nos rodea, se suele hablar de los "nuevos dioses" que aparecen en las revistas y películas y, por supuesto, en los medios electrónicos. Son actores y actrices, deportistas, cantantes y otras personalidades de la vida pública, de los que se ha hecho un ídolo y, después de la muerte, un mito. Se suele hablar, a la vez, de una "nueva espiritualidad secularizada". Es la espiritualidad del esoterismo, de la New Age y de las visiones orientales del mundo, el fruto de una religiosidad sincretista y pluralista, en la que se adora la naturaleza y las estrellas, y también la salud, la juventud y la belleza. Algunos la ven en la raíz de cualquier fenómeno de moda. Así se oye, por ejemplo, que hasta en el ejercicio físico y en el afán ecológico se manifiesta la "espiritualidad". El correr es interpretado como un viaje místico, como un ir "más allá" de sí mismo para poner a prueba las capacidades del cuerpo y sacar experiencias espirituales...
Ciertamente, cada vez más personas están dispuestas a realizar auténticos sacrificios para cuidar las plantas o el propio cuerpo. Se dedican diariamente al footing, comen poco más que yoghurt y manzanas, hacen su propio pan, participan con entusiasmo en manifestaciones contra la energía atómica y gastan generosamente su tiempo en observar el medio ambiente. Las preocupaciones por la salud y el aire puro dan lugar, además, a varias formas de ascesis y unos rituales estrictos: hay que hacer quince flexiones por la mañana, levantar el tronco treinta veces a mediodía, saltar cincuenta veces sobre el propio terreno por la noche... Todo ello es bueno y a veces necesario, por un lado, un poco exagerado, por el otro. Se puede descubrir en ello un cierto (y flojo) despertar del viejo espíritu "hippy", con sus ansias hacia una vida sencilla y con el rechazo de tantas cosas superfluas. Sin embargo, resulta sumamente confuso hablar en esos casos de "religión" y de "espiritualidad". ¿Es posible que el "mantenerse en forma" o la conservación del agua limpia se conviertan en el último sentido de la vida? ¿Es aconsejable ver los acontecimientos del mundo sólo bajo las exigencias de la ecología o de la salud? Ese modo de vivir puede disminuir la libertad y llevar a la manía. Y las teorías que fundamentan tales comportamientos, en vez de tener rasgos de religión se parecen más bien a rasgos ideológicos. Son ciertos signos de desesperación, y muestran lo que pasa cuando Dios está ausente. Tenemos que tener en cuenta que, quien hoy en día adora al Sol o dirige sus rezos hacia la "Madre Tierra", no es ya el ingenuo creyente de hace más de veinte o treinta siglos, sino el desencantado intelectual y científico. Chesterton dijo una vez con mucho acierto: "Cuando se deja de creer en Dios, ya no se puede creer en nada, y el problema más grave es que entonces se puede creer en cualquier cosa."
Por otro lado, mirando la cultura contemporánea queda patente que los hombres están ansiosos de religión. Tienen verdadera hambre de creer, aunque esa necesidad sea muchas veces inconsciente. Si no encuentran al Dios trascendente, se crean los dioses de la inmanencia. Pero, junto a ese fenómeno, se puede encontrar también una manifiesta nostalgia hacia el cristianismo, al menos en algunos ambientes, y a veces en los sitios más inesperados. Baste pensar en la música rock y en el éxito espectacular de las canciones de Bob Dylan, que hablan del Dios de los cristianos y de un mañana mejor, de paz y comprensión. El hombre, hoy como antes, se deja fascinar por el mensaje cristiano. No puede quedar satisfecho con una "espiritualidad secularizada" y una "religión pluralista". Puede, en cambio, llegar a ser feliz siendo un cristiano auténtico en una sociedad secularizada y pluralista.
2. Campos de influencia
Si queremos educar a los jóvenes, es necesario cumplir con una primera condición que consiste en tener en cuenta esos cambios sociales que se han efectuado en las últimas generaciones. El mundo, evidentemente, no es el mismo que era hace veinte, treinta o cincuenta años; las condiciones en las que vivimos han cambiado notablemente, incluso en los ambientes más "burgueses". No se trata sólo de una mejoría de lo que suele llamarse "nivel de vida", sino de algo más profundo; se ha efectuado un verdadero cambio en el modo de vida: televisión, avión, móvil, ordenador, internet han cambiado nuestra vida. Tampoco los hombres somos los mismos. Percibimos el mundo, sentimos, pensamos y reaccionamos de otra manera que nuestros abuelos. Así las exigencias para una buena formación son distintas que antes. Sin embargo, algunos educadores parecen pensar que los niños serían como la hierba, siempre iguales. Esto es un error, y puede ser, a veces, la causa de la ineficacia.
Hoy en día, en las sociedades de consumo, los niños no son educables como antes. Desde hace mucho tiempo, ya no están sólo bajo la influencia de la familia y de la escuela. Hay muchos co-educadores que atraen a los jóvenes a los valores más contradictorios. Estos son, por ejemplo, la televisión, la propaganda y el grupo de los compañeros de la misma edad. Ejercen una gran influencia sobre los jóvenes y, por supuesto, también sobre los adultos. Vamos a considerar brevemente estos tres co-educadores, que determinan considerablemente el comportamiento consumista.
2.1. La televisión
En nuestra sociedad, la televisión es, sin duda, la fuente principal de información y de deformación. Consumimos noticias de todo el mundo, talkshows y películas sin parar. No son pocas las casas en las que la televisión está encendida todo el día, incluso durante las comidas. Esto dificulta el diálogo, favorece la comodidad. Hay estudios que dicen, en sus conclusiones, que los niños europeos ven una media de cuatro horas diarias de televisión. En Estados Unidos, parece que ven todavía más, hasta seis horas al día, según las investigaciones del especialista Miltón Chen, de San Francisco. Así cuando un chico empieza la enseñanza media, ha visto 18.000 horas de televisión y ha pasado 13.000 horas en la escuela. Su cabeza está llena de imágenes.
Pero incluso el más ávido telespectador se ve, de vez en cuando, apartado de su pantalla, y tiene que enfrentarse con la realidad de la vida cotidiana. Entonces se encuentra inmerso en un mundo inevitablemente menos emocionante que aquel de las imágenes. La vida diaria puede resultar lenta y aburrida; normalmente no es tan dinámica como una película. Es comprensible que se pueda tener ganas de huir, volver cuanto antes al mundo fantástico de la televisión, y no se quiera salir de él. Así, la televisión puede llegar a ser una droga. Se le ha llamado, no sin razón, una "droga electrónica". Hace pensar que exista también la televisión tamaño-casete que se puede llevar en un transporte público, para no estar solo consigo mismo, ni quince minutos.
¿Qué hacer en esta situación? Es comprensible que algunas personas adopten una postura defensiva: prohíben a sus hijos ver la televisión, o ni siquiera quieren tener un aparato en su propia casa. Este planteamiento radical puede ser enriquecedor para la vida de familia y la propia cultura. Sin embargo, no parece que sea el más apropiado para los retos de nuestro tiempo. Con controles y censuras, hoy en día, prácticamente no se consigue nada. Un alumno puede acceder por cable o satélite a todas las informaciones que quiera; puede ver los programas más nocivos en los bares, autobuses o tiendas, en las casas de los amigos o en la propia casa, cuando los padres están fuera. Recuerdo que una buena señora me contó una vez, que había discutido mucho con sus hijos adolescentes acerca de una determinada película, llena de escenas de brutalidad y erotismo: los hijos querían verla, los padres lo prohibieron. El día en que salió esta película en la televisión, la señora tenía que acompañar a su marido a una cita importante. Como no estaba segura de si los hijos iban a obedecer o no, llevó la televisión consigo en el coche. Y los hijos vieron la película en casa de los vecinos.
No se consigue nada con prohibiciones. La meta no puede ser una simple renuncia. Esto es utópico y poco atractivo. Hace falta un esfuerzo más grande. Es importante ayudar a los hijos, con argumentos sólidos, a utilizar bien la televisión: a tomar una actitud crítica positiva ante ella y descubrir sus ventajas y desventajas.
La televisión no es un enemigo; no es necesariamente una "caja tonta". Puede ser un buen amigo, un instrumento eficaz al servicio de la cultura y de la educación. Uno de los directores de la televisión alemana suele decir: "La televisión hace a los listos más listos y a los tontos más tontos." Conviene aprovecharla bien. Para lograrlo, es aconsejable ver en familia la televisión, y conversar después sobre lo que se ha visto. Así el aparato tan temido puede convertirse realmente en un "co-educador", en el sentido más pleno de la palabra. Puede abrir nuevos horizontes y transmitir auténticos valores. Se puede descubrir también la propia responsabilidad por los programas, escribiendo cartas al director, haciendo sesiones de trabajo. De este modo cada uno puede salir del anonimato y de la pasividad, tan propios a la sociedad de consumo. Cada uno puede contribuir a buscar "una televisión con rostro humano": es decir, una televisión a la medida del hombre, y no un hombre a la medida de la televisión.
2.2. La propaganda
Otra gran fuente de influencia es la propaganda. Mientras que, mirando la televisión, se está ya consumiendo, la propaganda nos ofrece los productos más variados para consumir: viajes, coches, ropa, comidas exóticas, videos, discos... Si nos paseamos por una ciudad y miramos a nuestro alrededor, puede pasar que hasta las cosas más excéntricas nos parecen necesarias y urgentes. Queremos todo para nosotros; queremos todo en seguida. No consumimos sólo objetos; consumimos también hombres y paisajes... (Los ecologistas tenían que recordárnoslo en los últimos años.) La propaganda actúa a través de todos los medios de comunicación social, hasta los anuncios en las paradas de autobús, los eslogans que salen de la radio, incluso a las seis de la mañana y a las doce de la noche - o los carteles pequeños y grandes que decoran los supermercados. El hombre de hoy, muchas veces, ve reducido su horizonte vital al mero consumo de productos. Este superdesarrollo le hace fácilmente esclavo de la posesión y el gozo inmediato, advierte el Papa Juan Pablo II, "sin otro horizonte que la multiplicación o la continua sustitución de los objetos que se poseen por otros todavía más perfectos." Esta actitud se refleja ya en los niños: tienen muchos más juguetes y dulces que en las generaciones anteriores, y desean todavía mucho más. Cualquier capricho puede desencadenar reacciones insospechadas, casi frenéticas. Y la propaganda las estimula continuamente.
¿Qué hacer en esta situación? Es obvio que la propaganda se asemeja a la televisión. Hay que adoptar la misma actitud ante ella. No hace falta rechazar todas las ofertas, pero sí es preciso aprender a utilizarlas bien. No se puede esperar del mercado libre que actúe según principios pedagógicos o formativos. Al mercado no le interesa si una cosa es buena para un niño o no. Sólo le interesa lo que se puede vender a un niño o para un niño. Está claro que las ofertas superan siempre las posibilidades económicas y temporales de cualquier persona normal. No se puede ni se debe adquirirlo todo. Hay que hacer elecciones. Y hay que ayudar a los jóvenes a hacer elecciones prudentes. Cada persona tiene que tener su propio criterio, según su situación personal. Es preciso aprender a decidir, a aceptar y a renunciar. Es preciso también desarrollar un escepticismo sano ante la propaganda. Si los padres dialogan con sus hijos sobre los anuncios, pueden orientarles. A veces conviene también explicarles abiertamente la situación financiera de la familia. Entonces pueden alcanzar un criterio sólido para su comportamiento personal. Esto, por supuesto, es menos cómodo que darles dinero para que compren lo que quieran; y es más exigente que prohibirles todas las compras, o reñirles permanentemente.
2.3. El grupo de los compañeros
Todos los padres lo saben muy bien: a la hora de orientar el comportamiento de consumo de los hijos, hay que contar con un factor determinante, que es el influjo de los compañeros. Los sociólogos ya no hablan del grupo, sino de la escena de los jóvenes. Quieren decir con este término que los jóvenes forman una especie de subcultura. En sus ramas extremas, es la escena de las drogas, de las sectas, de los neonazis y los hooligans. Considerando sus expresiones más moderadas, se puede decir de todos modos que es una clase de consumidores aparte. Tienen su ropa determinada, su música, sus ídolos, su lenguaje, su coca cola... Las estrellas de cine, los futbolistas o los tenistas, los cantantes, ésos son los héroes admirados. El último premio Nobel de la literatura apenas nadie lo conoce ni lo ha leído. Pero el gol de la jornada, los actores y modelos los conoce todo el mundo. Y se gasta dinero para verlos de cerca, o para tener una camisa con su nombre o un compact con su voz. Esto, por supuesto, es un fruto de nuestras sociedades de consumo; no existe en los pueblos de África ni en las islas del pacífico. En Alemania, la música rock de los años 50 fue la primera música específica para la juventud. A partir de entonces, los jóvenes disponían de suficiente dinero propio para crear y mantener una cultura propia. En otras palabras, la escena juvenil es un fenómeno de lujo.
Los padres que quieren educar a sus hijos, tienen que tomar en serio este fenómeno. Tienen que contar con la influencia de los compañeros y saber que la renuncia a una cosa determinada puede llegar a ser un "problema existencial" para un adolescente. Puede ser un problema grave, no sólo porque al chico le gusta tanto ese objeto, sino porque la presión de su grupo puede ser muy fuerte. En algunos ambientes —incluso en los mejores colegios— existe un verdadero terror de consumo: una persona que no tiene ropa de una determinada marca, o que no ha visto una determinada página web, no cuenta nada. ¡Es duro quedarse al margen!
Los valores que se transmiten en esta subcultura, directa o indirectamente, se oponen a la tradición y, a veces, significan un cambio radical de la actitud cristiana. Fijémonos en el fútbol que, en algunos ambientes, ha adquirido rasgos de una nueva religión moderna: así, por ejemplo, el Club de Hamburgo canta con entusiasmo: "You never walk alone" ("Tú nunca andas solo"). Pero en esta nueva religión, Goliat suele vencer a David. El más grande es el triunfador ("We are the champions"), y no el que sabe perder con dignidad. Un entrenador alemán dijo en una entrevista: "Estamos condenados al éxito." Es una religión de miedo, incluso de violencia, y no de serenidad y paz.
¿Qué pueden hacer los padres? Sería absurdo prohibir a los hijos ver el fútbol. Esto, además, apasiona también a los adultos y tiene realmente sus aspectos fascinantes. De igual manera sería poco realista intentar apartar a los hijos de todas las escenas o prohibirles todos los artículos de consumo propios a su edad. Podría llevar a tensiones muy grandes, a conflictos insoportables. Conozco a unos padres muy buenos de una familia numerosa que actuaban de esta manera. Sus tres hijos mayores tienen graves trastornos psíquicos, porque no aguantaban ser "diferentes" a sus compañeros. Después de esta experiencia, los padres cambiaron su estilo de educación.
Vivimos en una civilización pluralista. Lo que ven y escuchan los adolescentes en su casa muchas veces no coincide con lo que escuchan en el colegio, en las calles y en otras casas. Todos los esfuerzos que van encaminados hacia una unidad de formación, son muy importantes y dignos de elogio. Los colegios que actúan conforme a un buen proyecto educativo, por ejemplo, son una gran ayuda para la formación. Pero hay que tener en cuenta que los desafíos con los que tienen que enfrentarse hoy en día son mayores que antes. No sólo han de dar una buena formación, sino que han de dar una formación tan buena y profunda que los alumnos puedan orientarse luego en una sociedad pluralista y vivir en paz con otras personas que tienen planteamientos completamente distintos, sin escandalizarse ni hundirse. En definitiva, han de darles una buena formación y mucha fortaleza. Los jóvenes salen de sus casas (y, según el caso, de los colegios privados), se encuentran en la calle, van a los supermercados y discotecas, y encuentran otro ambiente completamente distinto. No es posible crear un micro-clima en el que todos vivan tranquilos. No es posible refugiarse en una torre de marfil. Los cristianos auténticos nunca lo han hecho; pero aunque alguien quisiera hacerlo, hoy en día no es posible. En los tiempos anteriores, los padres podían controlar las cartas de sus hijos, si les parecía oportuno. Hoy en día, esto sería una falta de realismo, ya que existen el móvil, el mail, el fax. Más que apartarse de la sociedad pluralista conviene ayudar a los hijos a vivir en ella, a orientarse en ella y a ser felices en ella. ¡Sólo el que quiere este mundo puede cambiarlo! Por esto, es preciso buscar un nuevo encuentro entre el Evangelio y la cultura.
3. Tareas del educador
Entonces, ¿cómo se puede vivir cristianamente, con sobriedad y buen humor, en una sociedad consumista? Se trata, realmente, de una cuestión muy difícil. Necesitamos mucha comprensión y paciencia. "Educar tres hijos hoy en día es como haber educado quince en las generaciones anteriores", suele decir una maestra experimentada que no sufre nada de resignación. No hay recetas. Cada uno tiene que encontrar su modo individual de actuar, de acuerdo con las circunstancias variables de cada caso. A continuación, me gustaría proponer algunas ideas para la reflexión personal de cada uno.
3.1. Empezar por el propio educador
Un antiguo dicho popular reza: "Búscate un maestro al que puedas apreciar más por lo que ves de él que por lo que oyes de él." De mayor importancia que este o aquel esfuerzo concreto es la persona del educador. Un buen maestro influye más por su vida, por su mera existencia, que por las lecciones que da. El Papa Juan Pablo II confesó en varias ocasiones: "Mi padre se exigía tanto a sí mismo que no tenía que exigir nada de mí." Una vieja historia cuenta que, un día, una madre desesperada buscó a un rabino famoso y le preguntó: "¿Qué puedo hacer? Mi hijo tiene una toxicomanía hacia los bienes materiales. ¿Cómo puedo cambiarle?" El rabino respondió: "No tienes que cambiar a tu hijo, sino a ti misma. Los problemas de tu hijo reflejan tus propios problemas. ¡Cámbiate a ti!" Este juicio, por supuesto, no se puede ni se debe aplicar a cualquier familia que tiene dificultades en la educación de los hijos. Sería una grave injusticia. Pero sí se puede aplicar al conjunto de una generación. Es decir, los jóvenes expresan muchas veces con claridad las actitudes profundas de los mayores.
¿Qué podemos hacer? En primer lugar, crecer en la conciencia de la propia responsabilidad. Todo lo que hacemos influye en el ambiente que nos rodea. No podemos quejarnos del anonimato y de la comodidad propios de las sociedades de consumo, porque nosotros mismos los creamos, o al menos contribuimos a que se mantengan. Hace algunas décadas, cuando un chico fuerte pegaba a otro más pequeño en la calle, cualquier persona que se paseaba ayudaba al niño más débil, y amonestaba al niño fuerte. Los mayores reconocían su responsabilidad; todos ellos se sentían educadores de la juventud. Actuaban, a veces, con severidad, pero tenían un rostro humano. Hoy, en cambio, los padres buscan un abogado para esos casos. Y todos los demás no hacen nada; se limitan a lamentar las desviaciones de los jóvenes. Una persona que quiere vivir con soltura en la sociedad pluralista —y ayudar a los demás a hacer lo mismo—, tiene que salir del anonimato y de la masificación. Tiene que actuar según sus propios juicios y adquirir un estilo propio de vida.
Los adolescentes observan mucho. Se dan cuenta de los motivos que mueven a sus maestros. Notan si los padres pueden poner límites a sus deseos de posesión o no. A veces pasan cosas verdaderamente ridículas: se compran furgonetas familiares, cuando se tiene un sólo hijo; se identifica el éxito con un perfume...Unos chicos que vivían en un asilo, me decían una vez: "No es verdad que nuestros padres no tengan tiempo para nosotros. La verdad es que hay muchas cosas más importantes para ellos: los negocios, el deporte, los compañeros y los viajes."
Los educadores también son "hijos de su tiempo". Tienen que tener una actitud generosa, si quieren orientar a los demás. No tienen que ser perfectos, pero sí auténticos. No importa que tengan defectos y debilidades; éstos, incluso, pueden hacerlos más amables. Pero deberían luchar sinceramente, y con sentido positivo, por vencer sus caprichos poco a poco.
3.2. Robustecer la autoestima
Los psicólogos subrayan: "Detrás de cada toxicomanía hay una nostalgia". Una persona, cuyo bienestar depende de la televisión, del alcohol, de la droga, de viajes o vestidos, busca en realidad otra cosa, que no encuentra ni en la televisión, ni en el alcohol, ni en el nuevo abrigo de pieles. Le falta seguridad, protección y cariño; y sobre todo le falta el aprecio de los demás. Muchas veces no tiene autoestima. No podía desarrollar una sana conciencia de la propia dignidad. Por eso no es capaz de abrirse a los demás. Tiene un egoísmo escandaloso, pero ese egoísmo es enfermizo. Quiere tener más para ser más.
La falta de autoestima es notoria en nuestros días. Las librerías dedican toda una estantería a libros como "Diez consejos para elevar su autoestima", "Cómo recuperar tu autoestima", "Los adolescentes y la autoestima". Hasta en el metro se pueden encontrar carteles que invitan a participar en un "Taller de autoestima". La crisis de autoestima es un fenómeno preocupante; es un índice de falta de salud mental. Por esto, a veces tiene poco sentido amonestar a una persona para que no gaste tanto dinero en cosas nocivas o superfluas. Es preciso robustecer su autoestima.
En sus primeros años de vida, todo niño realiza un descubrimiento básico que será de vital importancia en su posterior carácter: o "soy importante, me entienden y me quieren" o "estoy por medio, estorbo". Bajo los cuidados de personas solícitas, se forman jóvenes espiritualmente estables, cariñosos y responsables. Pero si faltan esos cuidados, puede pasar que los jóvenes luego no sean capaces de establecer relaciones, ni de trabajar con seriedad. Y tampoco pueden utilizar los bienes materiales rectamente.
Sin embargo, tenemos que creer en las capacidades de estos jóvenes y dárselo a entender. A veces, impresiona ver cómo puede transformarse una persona, si se le da confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene de ella. Hay muchos educadores buenos que saben animar a los jóvenes a ser mejores, a través de una admiración discreta y silenciosa. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, que, con paciencia y constancia, animan y ayudan a desarrollar.
Cuando una persona ha adquirido autoestima, puede independizarse poco a poco de lo que dicen los demás. Adquiere el valor de ir contra corriente, sin endurecerse o despreciar a los demás.
3.3. Orientar hacia grandes ideales
No hace falta criticar continuamente la situación de nuestras sociedades. Una persona que amonesta y da lecciones, es poco atractiva. Es mejor enseñar a los jóvenes a abrir y ensanchar el alma, a orientar las ansias hacia grandes ideales. En el ambiente actual, se nota a veces una cierta resignación y poco ánimo para educar. Pero también hoy en día hay muchos jóvenes inquietos; hay una rebeldía sana contra la tendencia al mínimo esfuerzo de seguir la moda. Hace algún tiempo dijo un chico de 17 años en la televisión alemana: "En esta sociedad sólo cuentan el dinero y los coches grandes. Este no puede ser el sentido de la vida. Para nosotros valen más la amistad y el compañerismo." Es una tragedia que ese chico era un neonazi, a quien había cogido la policía.
A muchas personas, en el fondo, les aburre la televisión y la vida aburguesada con zapatillas y cerveza. Cuanto más se entretienen, más se aburren. Por eso buscan cosas cada vez más absurdas para satisfacerse, como Nerón, que hizo quemar media Roma para divertirse. Han de aprender, en cambio, a observar, a sentir y a vibrar con la naturaleza, con la música, con la lectura, con la conversación, con el contraste de ideas. Hay un inmenso panorama para abrir inquietudes, para despertar intereses, para sembrar curiosidades.
La causa última de la patología del consumo no es el desarrollo material, sino un sistema de ideas que ha quitado al hombre sus verdaderos fines, que siempre están más allá de la posesión de objetos. La persona no es un animal. En todo caso, "es el único animal con manos," como dice Santo Tomás. No tiene pezuñas o garras para acaparar cada vez más cosas, sino manos para arreglar y cuidar, y para orientar todo hacia un bien mayor.
Hay que ayudar a los jóvenes a descubrir la dignidad humana y el auténtico sentido de la vida. Si una persona tiene un proyecto vital muy alto, lucha con ilusión por conseguirlo y está dispuesta a renunciar a cosas secundarias y triviales. Entonces se da cuenta, por sí misma, de la necesidad de decir que no. Puede hacer la experiencia de que el trabajo, el servicio a los demás, la amistad y la generosidad contribuyen más a la felicidad que el vestirse según el último grito. Así, el consumismo egoísta deja de ser un problema, sin que se hable mucho de ello. Es importante apuntar muy alto para engrandecer el corazón y movilizar las energías. "Cuando quieres construir una nave y buscas personas para realizar esta tarea," subraya un dicho popular alemán, "no les digas que busquen el material y hagan cálculos complicados: sino despierta en ellas las ansias hacia el océano grande y amplio."
Cuando una persona tiene metas altas y la ilusión por conseguirlas, entonces ha llegado la hora de educar también en el arte de renunciar. Todos los grandes sabios de la humanidad conocían este arte, y lo recomendaron vivamente a los demás, desde Diógenes, el "filósofo del desprendimiento" que estaba feliz en su barril, hasta Wittgenstein, filósofo de nuestros días, que regaló los millones que había heredado a sus hermanos, para poder trabajar con tranquilidad. Si se tiene una actitud positiva frente a la realidad, entonces es posible aprender a decir que no.
3.4.Fomentar la solidaridad
El desarrollo de la personalidad, por supuesto, es sólo un efecto de la renuncia. No puede ser, ni mucho menos, su motivo. Se trataría, entonces, de una especie de egoísmo y soberbia, que sería tanto más enfermiza cuanto más se escondiera detrás de actitudes laudables... El estoicismo nunca ha sido un ideal cristiano.
Un cristiano renuncia por amor. Como cualquier otra persona que vive medianamente bien en una sociedad consumista, no puede quedarse tranquilo ante el hambre, la miseria, la marginación de tantas personas en todo el mundo. Si es capaz de un mínimo de compasión, querrá compartir su suerte con los demás. Buscará formas de solidarizarse con sus hermanos de los otros continentes, y estará no menos dispuesto a aliviar las necesidades, pequeñas o grandes, que detecta a su alrededor. En una palabra, se empeña en ofrecer lo que es suyo y le falta al otro. Y no hace esto para alcanzar la propia perfección, sino por la convicción profunda de que él mismo, como todas y cada una de las personas humanas, debe prestar ayuda a quienes la necesitan, en la medida de sus posibilidades.
Esto lo comprenden incluso los niños. Conozco una madre que se preocupa mucho por inculcar en sus tres hijos la generosidad y la solidaridad con los demás. Por esto tiene la costumbre de visitar con ellos un orfanato, cada año en las vacaciones de verano. Antes de irse, los hijos eligen algunos de sus juguetes más queridos, y luego los regalan a los niños necesitados. Hace poco pasó una cosa que dio una gran alegría a la madre. La hija mayor de la familia, de nueve años, había recibido una bicicleta el día de su cumpleaños. ¡Su deseo más grande se había cumplido! Después del primer entusiasmo, la niña se fue sola al orfanato, y entregó la bicicleta.
La generosidad engendra alegría, ya que responde a una íntima exigencia de nuestra naturaleza. El hombre no sólo tiene manos para poseer, sino también para dar. Es "simplemente el ser con capacidad de dar." Se realiza justamente en la donación.
Somos libres de renunciar a las cosas más lícitas y bellas, por los motivos más variados. A un cristiano no le mueve sólo el amor a los hombres; le mueve también el amor a Dios. Se deja fascinar por el desprendimiento y la libertad de Jesucristo, y quiere vivir tan sobrio como su Señor. Pero, ¿esto es posible también hoy en día? ¿Se puede vivir la fe cristiana en nuestra sociedad consumista? Y también los hijos y nietos de la generación "hippy", ¿están en condiciones de comprender el mensaje cristiano? Nos referimos al cristianismo en toda su dimensión, no sólo a unos eslogans religiosos que excitan a las masas durante los festivales de rock.
3.5. Educar testigos del amor de Dios
Sí, los jóvenes son capaces de abrazar la fe, hoy como antes. Para seguir a Jesucristo, una persona necesita la fuerza de la gracia divina, y no unas circunstancias socio-culturales óptimas. Lo sabemos desde los primeros siglos de la era cristiana. Por eso resulta más urgente reforzar la identidad cristiana que cambiar algunos rasgos superficiales de la sociedad. La tarea educativa consiste, principalmente, en ayudar a los jóvenes a encontrar al Dios verdadero para que, llevados por la gracia, se enamoren de él.
Luego harán el mundo más humano.- Lo que la gente de nuestro tiempo ansía es una espiritualidad anclada en una teología sólida y abierta. Esta necesidad tendría que mover a los cristianos a transmitir la fe con claridad, sin rebajar sus exigencias al nivel que marca la New Age. Es ese el servicio más grande y bello que una persona puede prestar a la sociedad en los momentos actuales, en los que muchos contemporáneos están sufriendo un vértigo de existencia superficial: ayudarles a salir de la desesperación y a renunciar a una vida aburguesada, consumista y egocéntrica.
En este nuevo comienzo —que es urgente y apasionante a la vez— se sitúa la soberanía con respecto a las cosas que nos rodean. Un cristiano tiene más razones que nadie para vivir el desprendimiento y la sobriedad, y para enseñar a vivirlos a los demás. Quiere seguir a Cristo, participar en el misterio de la redención y llevar la cruz con él. Si sólo disfrutamos de las comodidades de nuestra sociedad, tal vez seguimos a Cristo muy de lejos; de tan lejos, que no experimentamos ni rastro de su cruz. Si, por otro lado, nos quejamos de las exigencias de la vida cristiana, puede ser ésa también una señal de que no estamos aún lo suficientemente cerca del Señor. Un cierto tono de queja se encuentra en contradicción con la esencia del amor.
Quien ama, acepta esfuerzos y trabajos.- Ciertamente, la cruz es una locura. Pero se trata de una locura de amor y de entrega que puede atraer también hoy en día a una persona que busca el sentido de la vida. Los jóvenes quieren que se les exija, en un clima de confianza y de comprensión. Si no se les exige nada, se desprecia su personalidad. Aunque el desprendimiento cristiano cueste, tiene un sentido positivo, liberador y enaltecedor de la capacidad del hombre, porque permite llenarse de Dios y darse a los demás.
EN SUMA PODRÍAMOS DECIR: El cristiano acepta y quiere el mundo que le rodea. A la vez tratará de ser sobrio. Esta actitud no se basa en un rechazo del progreso o de la técnica, ni en prohibiciones o controles. Se basa simplemente en una opción clara por Cristo. No vive las virtudes por falta de ocasiones, sino por el deseo libérrimo de seguir los caminos del amor, en plena sociedad consumista.


Dra Jutta Burgraff

viernes, 16 de enero de 2009

CONVIVIR EN EL MATRIMONIO. EL ARTE DE PERDONAR


El arte de convivir está estrechamente relacionado con la capacidad de pedir perdón y de perdonar. Todos somos débiles y caemos con frecuencia. Tenemos que ayudarnos mutuamente a levantarnos siempre de nuevo. Lo conseguimos, muchas veces, a través del perdón.
Una reflexión previa
Cuando hablamos del auténtico perdón, nos movemos en un terreno profundo. Consideramos una herida en el corazón, causada por la libre actuación de otro. Todos sufrimos, de vez en cuando, injusticias, humillaciones y rechazos; algunos tienen que soportar diariamente torturas, no sólo en una cárcel, sino también en un puesto de trabajo o en la propia familia. Es cierto que nadie puede hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. "El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares," dicen los árabes.
No sólo existe la ruptura tajante de las relaciones humanas. Hay muchas formas distintas de infidelidad y corrupción. El amor se puede enfriar por el desgaste diario, por desatención y estrés, puede desaparecer oculta y silenciosamente. Hasta matrimonios aparentemente muy unidos pueden sufrir "divorcios interiores": viven exteriormente juntos, sin estar unidos interiormente, en la mente y en el corazón; conviven soportándose.
Frente a las heridas que podamos recibir en el trato con los demás, es posible reaccionar de formas diferentes. Podemos pegar a los que nos han pegado, o hablar mal de los que han hablado mal de nosotros. Es una pena gastar las energías en enfados, recelos, rencores, o desesperación; y quizá es más triste aún cuando una persona se endurece para no sufrir más. Sólo en el perdón brota nueva vida.
El perdón consiste en renunciar a la venganza y querer, a pesar de todo, lo mejor para el otro. La tradición cristiana nos ofrece testimonios impresionantes de esta actitud. No sólo tenemos el ejemplo famoso de San Esteban, el primer mártir, que murió rezando por los que le apedreaban. En nuestros días hay también muchos ejemplos. En 1994 un monje trapense llamado Christian fue matado en Argelia junto a otros monjes que habían permanecido en su monasterio, pese a estar situado en una región peligrosa. Christian dejó una carta a su familia para que la leyeran después de su muerte. En ella daba gracias a todos los que había conocido y señalaba: "En este gracias por supuesto os incluyo a vosotros, amigos de ayer y de hoy... Y también a ti, amigo de última hora, que no habrás sabido lo que hiciste. Sí, también por ti digo ese gracias y ese adiós cara a cara contigo. Que se nos conceda volvernos a ver, ladrones felices, en el paraíso, si le place a Dios nuestro Padre" (1).
Pensamos, quizá, que estos son casos límites, reservados para algunos héroes; son ideales bellos, más admirables que imitables, que se encuentran muy lejos de nuestras experiencias personales. ¿Puede una madre perdonar jamás al asesino de su hijo? Podemos perdonar, por lo menos, a una persona que nos ha dejado completamente en ridículo ante los demás, que nos ha quitado la libertad o la dignidad, que nos ha engañado, difamado o destruido algo que para nosotros era muy importante? Éstas son algunas de las situaciones existenciales en las que conviene plantearse la cuestión.
I. ¿Qué quiere decir "perdonar"?
¿Qué es el perdón? ¿Qué hago cuando digo a una persona: "Te perdono"? Es evidente que reacciono ante un mal que alguien me ha hecho; actúo, además, con libertad; no olvido simplemente la injusticia, sino que rechazo la venganza y los rencores, y me dispongo a ver al agresor como una persona digna de compasión. Vamos a considerar estos diversos elementos con más detenimiento.
1. Reaccionar ante un mal
En primer lugar, ha de tratarse realmente de un mal para el conjunto de mi vida. Si un cirujano me quita un brazo que está peligrosamente infectado, puedo sentir dolor y tristeza, incluso puedo montar en cólera contra el médico. Pero no tengo que perdonarle nada, porque me ha hecho un gran bien: me ha salvado la vida. Situaciones semejantes pueden darse en la educación. No todo lo que parece mal a un niño es nocivo para él, ni mucho menos. Los buenos padres no conceden a sus hijos todos los caprichos que ellos piden; los forman en la fortaleza. Una maestra me dijo en una ocasión: "No me importa lo que mis alumnos piensan hoy sobre mí. Lo importante es lo que piensen dentro de treinta años." El perdón sólo tiene sentido, cuando alguien ha recibido un daño objetivo de otro.
Por otro lado, perdonar no consiste, de ninguna manera, en no querer ver este daño, en colorearlo o disimularlo. Algunos pasan de largo las injurias con las que les tratan sus colegas o sus cónyuges, porque intentan eludir todo conflicto; buscan la paz a cualquier precio y pretenden vivir continuamente en un ambiente armonioso. Parece que todo les diera lo mismo. "No importa" si los otros no les dicen la verdad; "no importa" cuando los utilizan como meros objetos para conseguir unos fines egoístas; "no importan" tampoco el fraude o el adulterio. Esta actitud es peligrosa, porque puede llevar a una completa ceguera ante los valores. La indignación e incluso la ira son reacciones normales y hasta necesarias en ciertas situaciones. Quien perdona, no cierra los ojos ante el mal; no niega que existe objetivamente una injusticia. Si lo negara, no tendría nada que perdonar (2).
Si uno se acostumbra a callarlo todo, tal vez pueda gozar durante un tiempo de una aparente paz; pero pagará finalmente un precio muy alto por ella, pues renuncia a la libertad de ser él mismo. Esconde y sepulta sus frustraciones en lo más profundo de su corazón, detrás de una muralla gruesa, que levanta para protegerse. Y ni siquiera se da cuenta de su falta de autenticidad. Es normal que una injusticia nos duela y deje una herida. Si no queremos verla, no podemos sanarla. Entonces estamos permanentemente huyendo de la propia intimidad (es decir, de nosotros mismos); y el dolor nos carcome lenta e irremediablemente. Algunos realizan un viaje alrededor del mundo, otros se mudan de ciudad. Pero no pueden huir del sufrimiento. Todo dolor negado retorna por la puerta trasera, permanece largo tiempo como una experiencia traumática y puede ser la causa de heridas perdurables. Un dolor oculto puede conducir, en ciertos casos, a que una persona se vuelva agria, obsesiva, medrosa, nerviosa o insensible, o que rechace la amistad, o que tenga pesadillas. Sin que uno lo quiera, tarde o temprano, reaparecen los recuerdos. Al final, muchos se dan cuenta de que tal vez, habría sido mejor, hacer frente directa y conscientemente a la experiencia del dolor. Afrontar un sufrimiento de manera adecuada es la clave para conseguir la paz interior.
2. Actuar con libertad
El acto de perdonar es un asunto libre. Es la única reacción que no re-actúa simplemente, según el conocido principio "ojo por ojo, diente por diente" (3). El odio provoca la violencia, y la violencia justifica el odio. Cuando perdono, pongo fin a este círculo vicioso; impido que la reacción en cadena siga su curso. Entonces libero al otro, que ya no está sujeto al proceso iniciado. Pero, en primer lugar, me libero a mí mismo. Estoy dispuesto a desatarme de los enfados y rencores. No estoy "re-accionando", de modo automático, sino que pongo un nuevo comienzo, también en mí.
Superar las ofensas, es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida. El filósofo Max Scheler afirma que una persona resentida se intoxica a sí misma (4). El otro le ha herido; de ahí no se mueve. Ahí se recluye, se instala y se encapsula. Queda atrapada en el pasado. Da pábulo a su rencor con repeticiones y más repeticiones del mismo acontecimiento. De este modo arruina su vida.
Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. En consecuencia, uno no se siente a gusto en su propia piel. Pero, si no se encuentra a gusto consigo mismo, entonces no se encuentra a gusto en ningún lugar. Los recuerdos amargos pueden encender siempre de nuevo la cólera y la tristeza, pueden llevar a depresiones. Un refrán chino dice: "El que busca venganza debe cavar dos fosas."
En su libro Mi primera amiga blanca, una periodista norteamericana de color describe cómo la opresión que su pueblo había sufrido en Estados Unidos le llevó en su juventud a odiar a los blancos, "porque han linchado y mentido, nos han cogido prisioneros, envenenado y eliminado" (5). La autora confiesa que, después de algún tiempo, llegó a reconocer que su odio, por muy comprensible que fuera, estaba destruyendo su identidad y su dignidad. Le cegaba, por ejemplo, ante los gestos de amistad que una chica blanca le mostraba en el colegio. Poco a poco descubrió que, en vez de esperar que los blancos pidieran perdón por sus injusticias, ella tenía que pedir perdón por su propio odio y por su incapacidad de mirar a un blanco como a una persona, en vez de hacerlo como a un miembro de una raza de opresores. Encontró el enemigo en su propio interior, formado por los prejuicios y rencores que le impedían ser feliz.
Las heridas no curadas pueden reducir enormemente nuestra libertad. Pueden dar origen a reacciones desproporcionadas y violentas, que nos sorprendan a nosotros mismos. Una persona herida, hiere a los demás. Y, como muchas veces oculta su corazón detrás de una coraza, puede parecer dura, inaccesible e intratable. En realidad, no es así. Sólo necesita defenderse. Parece dura, pero es insegura; está atormentada por malas experiencias.
Hace falta descubrir las llagas para poder limpiarlas y curarlas. Poner orden en el propio interior, puede ser un paso para hacer posible el perdón. Pero este paso es sumamente difícil y, en ocasiones, no conseguimos darlo. Podemos renunciar a la venganza, pero no al dolor. Aquí se ve claramente que el perdón, aunque está estrechamente unido a vivencias afectivas, no es un sentimiento. Es un acto de la voluntad que no se reduce a nuestro estado psíquico (6). Se puede perdonar llorando.
Cuando una persona ha realizado este acto eminentemente libre, el sufrimiento pierde ordinariamente su amargura, y puede ser que desaparezca con el tiempo. "Las heridas se cambian en perlas," dice Santa Hildegarda de Bingen.
3. Recordar el pasado
Es una ley natural que el tiempo "cura" algunas llagas. No las cierra de verdad, pero las hace olvidar. Algunos hablan de la "caducidad de nuestras emociones" (7). Llegará un momento en que una persona no pueda llorar más, ni sentirse ya herida. Esto no es una señal de que haya perdonado a su agresor, sino que tiene ciertas "ganas de vivir". Un determinado estado psíquico —por intenso que sea— de ordinario no puede convertirse en permanente. A este estado sigue un lento proceso de desprendimiento, pues la vida continúa. No podemos quedarnos siempre ahí, como pegados al pasado, perpetuando en nosotros el daño sufrido. Si permanecemos en el dolor, bloqueamos el ritmo de la naturaleza.
La memoria puede ser un cultivo de frustraciones. La capacidad de desatarse y de olvidar, por tanto, es importante para el ser humano, pero no tiene nada que ver con la actitud de perdonar. Ésta no consiste simplemente en "borrón y cuenta nueva". Exige recuperar la verdad de la ofensa y de la justicia, que muchas veces pretende camuflarse o distorsionarse. El mal hecho debe ser reconocido y, en lo posible, reparado.
Hace falta "purificar la memoria". Una memoria sana puede convertirse en maestra de vida. Si vivo en paz con mi pasado, puedo aprender mucho de los acontecimientos que he vivido. Recuerdo las injusticias pasadas para que no se repitan, y las recuerdo como perdonadas.
4. Renunciar a la venganza
Como el perdón expresa nuestra libertad, también es posible negar al otro este don. El judío Simon Wiesenthal cuenta en uno de sus libros de sus experiencias en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Un día, una enfermera se acercó a él y le pidió seguirle. Le llevó a una habitación donde se encontraba un joven oficial de la SS que estaba muriéndose. Este oficial contó su vida al preso judío: habló de su familia, de su formación, y cómo llegó a ser un colaborador de Hitler. Le pesaba sobre todo un crímen en el que había participado: en una ocasión, los soldados a su mando habían encerrado a 300 judíos en una casa, y habían quemado la casa; todos murieron. "Sé que es horrible —dijo el oficial-. Durante las largas noches, en las que estoy esperando mi muerte, siento la gran urgencia de hablar con un judío sobre esto y pedirle perdón de todo corazón." Wiesenthal concluye su relato diciendo: "De pronto comprendí, y sin decir ni una sola palabra, salí de la habitación" (8). Otro judío añade: "No, no he perdonado a ninguno de los culpables, ni estoy dispuesto ahora ni nunca a perdonar a ninguno" (9).
Perdonar significa renunciar a la venganza y al odio. Existen, por otro lado, personas que no se sienten nunca heridas. No es que no quieran ver el mal y repriman el dolor, sino todo lo contrario: perciben las injusticias objetivamente, con suma claridad, pero no dejan que ellas les molesten. "Aunque nos maten, no pueden hacernos ningún daño," es uno de sus lemas (10). Han logrado un férreo dominio de sí mismos, parecen de una ironía insensible. Se sienten superiores a los demás hombres y mantienen interiormente una distancia tan grande hacia ellos que nadie puede tocar su corazón. Como nada les afecta, no reprochan nada a sus opresores. ¿Qué le importa a la luna que un perro le ladre? Es la actitud de los estoicos y quizá también de algunos "gurus" asiáticos que viven solitarios en su "magnanimidad". No se dignan mirar siquiera a quienes "absuelven" sin ningún esfuerzo. No perciben la existencia del "pulgón".
El problema consiste en que, en este caso, no hay ninguna relación interpersonal. No se quiere sufrir y, por tanto, se renuncia al amor. Una persona que ama, siempre se hace pequeña y vulnerable. Se encuentra cerca a los demás. Es más humano amar y sufrir mucho a lo largo de la vida, que adoptar una actitud distante y superior a los otros. Cuando a alguien nunca le duele la actuación de otro, es superfluo el perdón. Falta la ofensa, y falta el ofendido.
5. Mirar al agresor en su dignidad personal
El perdón comienza cuando, gracias a una fuerza nueva, una persona rechaza todo tipo de venganza. No habla de los demás desde sus experiencias dolorosas, evita juzgarlos y desvalorizarlos, y está dispuesta a escucharles con un corazón abierto.
El secreto consiste en no identificar al agresor con su obra (11). Todo ser humano es más grande que su culpa. Un ejemplo elocuente nos da Albert Camus, que se dirige en una carta pública a los nazis y habla de los crímenes cometidos en Francia: "Y a pesar de ustedes, les seguiré llamando hombres... Nos esforzamos en respetar en ustedes lo que ustedes no respetaban en los demás" (12). Cada persona está por encima de sus peores errores.
Hace pensar una anécdota que se cuenta de un general del siglo XIX. Cuando éste se encontraba en su lecho de muerte, un sacerdote le preguntó si perdonaba a sus enemigos. "No es posible —respondió el general-. Les he mandado ejecutar a todos" (13).
El perdón del que hablamos aquí no consiste en saldar un castigo, sino que es, ante todo, una actitud interior. Significa vivir en paz con los recuerdos y no perder el aprecio a ninguna persona. Se puede considerar también a un difunto en su dignidad personal. Nadie está totalmente corrompido; en cada uno brilla una luz.
Al perdonar, decimos a alguien: "No, tú no eres así. ¡Sé quien eres! En realidad eres mucho mejor". Queremos todo el bien posible para el otro, su pleno desarrollo, su dicha profunda, y nos esforzamos por quererlo desde el fondo del corazón, con gran sinceridad.
II. ¿Qué actitudes nos disponen a perdonar?
Después de aclarar, en grandes líneas, en qué consiste el perdón, vamos a considerar algunas actitudes que nos disponen a realizar este acto que nos libera a nosotros y también libera a los demás.
1. Amor
Perdonar es amar intensamente. El verbo latín per-donare lo expresa con mucha claridad: el prefijo per intensifica el verbo que acompaña, donare. Es dar abundantemente, entregarse hasta el extremo. El poeta Werner Bergengruen ha dicho que el amor se prueba en la fidelidad, y se completa en el perdón.
Sin embargo, cuando alguien nos ha ofendido gravemente, el amor apenas es posible. Es necesario, en un primer paso, separarnos de algún modo del agresor, aunque sea sólo interiormente. Mientras el cuchillo está en la herida, la herida nunca se cerrará. Hace falta retirar el cuchillo, adquirir distancia del otro; sólo entonces podemos ver su rostro. Un cierto desprendimiento es condición previa para poder perdonar de todo corazón, y dar al otro el amor que necesita.
Una persona sólo puede vivir y desarrollarse sanamente, cuando es aceptada tal como es, cuando alguien la quiere verdaderamente, y le dice: "Es bueno que existas" (14). Hace falta no sólo "estar aquí", en la tierra, sino que hace falta la confirmación en el ser para sentirse a gusto en el mundo, para que sea posible adquirir una cierta estimación propia y ser capaz de relacionarse con otros en amistad. En este sentido se ha dicho que el amor continúa y perfecciona la obra de la creación (15).
Amar a una persona quiere decir hacerle consciente de su propio valor, de su propia belleza. Una persona amada es una persona aprobada, que puede responder al otro con toda verdad: "Te necesito para ser yo mismo."
Si no perdono al otro, de alguna manera le quito el espacio para vivir y desarrollarse sanamente. Éste se aleja, en consecuencia, cada vez más de su ideal y de su autorrealización. En otras palabras, le mato, en sentido espiritual. Se puede matar, realmente, a una persona con palabras injustas y duras, con pensamientos malos o, sencillamente, negando el perdón. El otro puede ponerse entonces triste, pasivo y amargo. Kierkegaard habla de la "desesperación de aquel que, desesperadamente, quiere ser él mismo", y no llega a serlo, porque los otros lo impiden (16).
Cuando, en cambio, concedemos el perdón, ayudamos al otro a volver a la propia identidad, a vivir con una nueva libertad y con una felicidad más honda.
2. Comprensión
Es preciso comprender que cada uno necesita más amor que "merece"; cada uno es más vulnerable de lo que parece; y todos somos débiles y podemos cansarnos. Perdonar es tener la firme convicción de que en cada persona, detrás de todo el mal, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar. Significa creer en la posibilidad de transformación y de evolución de los demás.
Si una persona no perdona, puede ser que tome a los demás demasiado en serio, que exija demasiado de ellos. Pero "tomar a un hombre perfectamente en serio, significa destruirle," advierte el filósofo Robert Spaemann (17). Todos somos débiles y fallamos con frecuencia. Y, muchas veces, no somos conscientes de las consecuencias de nuestros actos: "no sabemos lo que hacemos" (18). Cuando, por ejemplo, una persona está enfadada, grita cosas que, en el fondo, no piensa ni quiere decir. Si la tomo completamente en serio, cada minuto del día, y me pongo a "analizar" lo que ha dicho cuando estaba rabiosa, puedo causar conflictos sin fin. Si lleváramos la cuenta de todos los fallos de una persona, acabaríamos transformando en un monstruo, hasta al ser más encantador.
Tenemos que creer en las capacidades del otro y dárselo a entender. A veces, impresiona ver cuánto puede transformarse una persona, si se le da confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene de ella. Hay muchas personas que saben animar a los otros a ser mejores. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, a pesar de todos sus errores y caídas. Actúan según lo que dice la sabiduría popular: "Si quieres que el otro sea bueno, trátale como si ya lo fuese."
3. Generosidad
Perdonar exige un corazón misericordioso y generoso. Significa ir más allá de la justicia. Hay situaciones tan complejas en las que la mera justicia es imposible. Si se ha robado, se devuelve; si se ha roto, se arregla o sustituye. ¿Pero si alguien pierde un órgano, un familiar o un buen amigo? Es imposible restituirlo con la justicia. Precisamente ahí, donde el castigo no cubre nunca la pérdida, es donde tiene espacio el perdón.
El perdón no anula el derecho, pero lo excede infinitamente. A veces, no hay soluciones en el mundo exterior. Pero, al menos, se puede mitigar el daño interior, con cariño, aliento y consuelo. "Convenceos que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad -afirma San Josemaría Escrivá... La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo" (19). Y Santo Tomás resume escuetamente: "La justicia sin la misericordia es crueldad" (20).
El perdón trata de vencer el mal por la abundancia del bien (21). Es por naturaleza incondicional, ya que es un don gratuito del amor, un don siempre inmerecido. Esto significa que el que perdona no exige nada a su agresor, ni siquiera que le duela lo que ha hecho. Antes, mucho antes que el agresor busca la reconciliación, el que ama ya le ha perdonado.
El arrepentimiento del otro no es una condición necesaria para el perdón, aunque sí es conveniente. Es, ciertamente, mucho más fácil perdonar cuando el otro pide perdón. Pero a veces hace falta comprender que en los que obran mal hay bloqueos, que les impiden admitir su culpabilidad.
Hay un modo "impuro" de perdonar (22) cuando se hace con cálculos, especulaciones y metas: "Te perdono para que te des cuenta de la barbaridad que has hecho; te perdono para que mejores." Pueden ser fines educativos loables, pero en este caso no se trata del perdón verdadero que se concede sin ninguna condición, al igual que el amor auténtico: "Te perdono porque te quiero —a pesar de todo."
Puedo perdonar al otro incluso sin dárselo a entender, en el caso de que no entendería nada. Es un regalo que le hago, aunque no se entera, o aunque no sabe por qué.
4. Humildad
Hace falta prudencia y delicadeza para ver cómo mostrar al otro el perdón. En ocasiones, no es aconsejable hacerlo enseguida, cuando la otra persona está todavía agitada. Puede parecerle como una venganza sublime, puede humillarla y enfadarla aún más. En efecto, la oferta de la reconciliación puede tener carácter de una acusación. Puede ocultar una actitud farisaica: quiero demostrar que tengo razón y que soy generoso. Lo que impide entonces llegar a la paz, no es la obstinación del otro, sino mi propia arrogancia.
Por otro lado, es siempre un riesgo ofrecer el perdón, pues este gesto no asegura su recepción y puede molestar al agresor en cualquier momento. "Cuando uno perdona, se abandona al otro, a su poder, se expone a lo que imprevisiblemente puede hacer y se le da libertad de ofender y herir (de nuevo)" (23). Aquí se ve que hace falta humildad para buscar la reconciliación.
Cuando se den las circunstancias -quizá después de un largo tiempo- conviene tener una conversación con el otro. En ella se pueden dar a conocer los propios motivos y razones, el propio punto de vista; y se debe escuchar atentamente los argumentos del otro. Es importante escuchar hasta el final, y esforzarse por captar también las palabras que el otro no dice. De vez en cuando es necesario "cambiar la silla", al menos mentalmente, y tratar de ver el mundo desde la perspectiva del otro.
El perdón es un acto de fuerza interior, pero no de voluntad de poder. Es humilde y respetuoso con el otro. No quiere dominar o humillarle. Para que sea verdadero y "puro", la víctima debe evitar hasta la menor señal de una "superioridad moral" que, en principio, no existe; al menos no somos nosotros los que podemos ni debemos juzgar acerca de lo que se esconde en el corazón de los otros. Hay que evitar que en las conversaciones se acuse al agresor siempre de nuevo. Quien demuestra la propia irreprochabilidad, no ofrece realmente el perdón. Enfurecerse por la culpa de otro puede conducir con gran facilidad a la represión de la culpa de uno mismo. Debemos perdonar como pecadores que somos, no como justos, por lo que el perdón es más para compartir que para conceder.
Todos necesitamos el perdón, porque todos hacemos daño a los demás, aunque algunas veces quizá no nos demos cuenta. Necesitamos el perdón para deshacer los nudos del pasado y comenzar de nuevo. Es importante que cada uno reconozca la propia flaqueza, los propios fallos -que, a lo mejor, han llevado al otro a un comportamiento desviado-, y no dude en pedir, a su vez, perdón al otro.
5. Abrirse a la gracia de Dios
No podemos negar que la exigencia del perdón llega en ciertos casos al límite de nuestras fuerzas. ¿Se puede perdonar cuando el opresor no se arrepiente en absoluto, sino que incluso insulta a su víctima y cree haber obrado correctamente? Quizá nunca será posible perdonar de todo corazón, al menos si contamos sólo con nuestra propia capacidad.
Pero un cristiano nunca está solo. Puede contar en cada momento con la ayuda todopoderosa de Dios y experimentar la alegría de ser amado. El mismo Dios le declara su gran amor: "No temas, que yo... te he llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te anegarán... Eres precioso a mis ojos, de gran estima, yo te quiero" (24).
Un cristiano puede experimentar también la alegría de ser perdonado. La verdadera culpabilidad va a la raíz de nuestro ser: afecta nuestra relación con Dios. Mientras en los Estados totalitarios, las personas que se han "desviado" -según la opinión de las autoridades- son metidas en cárceles o internadas en clínicas psiquiátricas, en el Evangelio de Jesucristo, en cambio, se les invita a una fiesta: la fiesta del perdón. Dios siempre acepta nuestro arrepentimiento y nos invita a cambiar (25). Su gracia obra una profunda transformación en nosotros: nos libera del caos interior y sana las heridas.
Siempre es Dios quien ama primero y es Dios quien perdona primero (26). Es Él quien nos da fuerzas para cumplir con este mandamiento cristiano que es, probablemente, el más difícil de todos: amar a los enemigos (27), perdonar a los que nos han hecho daño (28). Pero, en el fondo, no se trata tanto de una exigencia moral —como Dios te ha perdonado a ti, tú tienes que perdonar a los prójimos- cuanto de un imperativo existencial: si comprendes realmente lo que te ha ocurrido a ti, no puedes por menos que perdonar al otro. Si no lo haces, no sabes lo que Dios te ha dado.
El perdón forma parte de la identidad de los cristianos; su ausencia significaría, por tanto, la pérdida del carácter de cristiano. Por eso, los seguidores de Cristo de todos los siglos han mirado a su Maestro que perdonó a sus propios verdugos (29). Han sabido transformar las tragedias en victorias.
También nosotros podemos, con la gracia de Dios, encontrar el sentido de las ofensas e injusticias en la propia vida. Ninguna experiencia que adquirimos es en vano. Muy por el contrario, siempre podemos aprender algo. También cuando nos sorprende una tempestad o debemos soportar el frío o el calor. Siempre podemos aprender algo que nos ayude a comprender mejor el mundo, a los demás y a nosotros mismos. Gertrud von Le Fort dice que no sólo el claro día, sino también la noche oscura tiene sus milagros. "Hay ciertas flores que sólo florecen en el desierto; estrellas que solamente se pueden ver al borde del despoblado. Existen algunas experiencias del amor de Dios que sólo se viven cuando nos encontramos en el más completo abandono, casi al borde de la desesperación" (30).
Reflexión final
Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento cristiano y además un gran alivio. Significa optar por la vida y actuar con creatividad.
Sin embargo, no parece adecuado dictar comportamientos a las víctimas. Es comprensible que una madre no pueda perdonar enseguida al asesino de su hijo. Hay que dejarle todo el tiempo que necesite para llegar al perdón. Si alguien le acusara de rencorosa o vengativa, engrandaría su herida. Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo de la Edad Media, aconseja a quienes sufren, entre otras cosas, que no se rompan la cabeza con argumentos, ni leer, ni escribir; antes que nada, deben tomar un baño, dormir y hablar con un amigo (31). En un primer momento, generalmente no somos capaces de aceptar un gran dolor. Necesitamos tranquilizarnos; seguir el ritmo de nuestra naturaleza nos puede ayudar mucho. Sólo una persona de alma muy pequeña puede escandalizarse de ello.
Perdonar puede ser una labor interior auténtica y dura. Pero con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la ayuda de la gracia divina, es posible realizarla. "Con mi Dios, salto los muros," canta el salmista. Podemos referirlo también a los muros que están en nuestro corazón.
Si conseguimos crear una cultura del perdón, podremos construir juntos un mundo habitable, donde habrá más vitalidad y fecundidad; podremos proyectar juntos un futuro realmente nuevo. Para terminar, nos pueden ayudar unas sabias palabras: "¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona."
Dra. Jutta Burggraf
(1) Ch. DE CHERGÉ, Testament spirituel (1994), en B. CHENU, L'invincible espérance, Paris 1997, p.221.
(2) Se ha destacado que la justicia, junto con la verdad, son los presupuestos del perdón. Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz Ofrece el perdón, recibe la paz, 1-I-1997.
(3) Mt 5,38.
(4) M. SCHELER, Das Ressentiment im Aufbau der Moralen, en Vom Umsturz der Werte, Bern 51972, pp.36s.
(5) P. RAYBON, My First White Friend, New York 1996, p.4s.
(6) Cfr. D. von HILDEBRAND, Moralia, Werke IX, Regensburg 1980, p.338.
(7) A. KOLNAI, Forgiveness, en B. WILLIAMS; D. WIGGINS (eds.), Ethics, Value and Reality. Selected Papers of Aurel Kolnai, Indianapolis 1978, p.95.
(8) Cfr. S. WIESENTHAL, The Sunflower. On the Possibilities and Limits of Forgiveness, New York 1998. Sin embargo, la cuestión del perdón se presenta abierta para este autor. Cfr. IDEM, Los límites del perdón, Barcelona 1998.
(9) P. LEVI, Sí, esto es un hombre, Barcelona 1987, p.186. Cfr. IDEM, Los hundidos y los salvados, Barcelona 1995, p.117.
(10) Se suele atribuir esta frase al filósofo estoico Epicteto, que era un esclavo. Cfr. EPICTETO, Handbüchlein der Moral, ed. por H. Schmidt, Stuttgart 1984, p.31. Los mártires de todos los tiempos sabían interpretar estas palabras de un modo cristiano.
(11) El odio no se dirige a las personas, sino a las obras. Cfr. Rm 12,9. Apoc 2,6.
(12) A. CAMUS, Carta a un amigo alemán, Barcelona 1995, p.58.
(13) Cfr. M. CRESPO, Das Verzeihen. Eine philosophische Untersuchung, Heidelberg 2002, p.96.
(14) J. PIEPER, Über die Liebe, München 1972, p.38s.
(15) Cfr. ibid., p.47.
(16) S. KIERKEGAARD, Die Krankheit zum Tode, München 1976, p.99.
(17) R. SPAEMANN, Felicidad y benevolencia, Madrid 1991, p.273.
(18) Pero también existe un no querer ver, una ceguera voluntaria. Cfr. D. von HILDEBRAND, Sittlichkeit und ethische Werterkenntnis. Eine Untersuchung über ethische Strukturprobleme, Vallendar 31982, p.49.
(19) J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, n.172.
(20) TOMÁS DE AQUINO, In Matth., 5,2.
(21) Cfr. Rm 12,21.
(22) Cfr. V. JANKÉLÉVITCH, El perdón, Barcelona 1999, p.144.
(23) A. CENCINI, Vivir en paz, Bilbao 1997, p.96.

jueves, 15 de enero de 2009

LEPROSO


Evangelio según San Marcos 1,40-45.

Entonces se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: "Si quieres, puedes purificarme". Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Lo quiero, queda purificado". En seguida la lepra desapareció y quedó purificado. Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: "No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio". Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a él de todas partes
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San Francisco cura de sus miedos a un leproso
Un día, cuando el joven Francisco montaba a caballo cerca de Asís, se le acercó un leproso. Normalmente Francisco sentía horror hacia los leprosos, y por eso tuvo que hacerse violencia; bajó del caballo y le dio una moneda de plata besándole al mismo tiempo la mano. Después de recibir del leproso un beso de paz, volvió a montar al caballo y siguió su camino. A partir de este momento fue superándose cada vez más hasta llegar a una completa victoria sobre sí mismo por la gracia de Dios. Unos días más tarde, habiéndose provisto de muchas monedas, se dirigió al hospicio de los leprosos y, habiéndolos reunido a todos, dio a cada una limosna besándole la mano al mismo tiempo. Al regresar, fue exactamente así: lo que antes se le hacía amargo –es decir, ver y tocar a los leprosos- se le había convertido en dulzura. Ver a los leprosos, tal como él mismo lo había dicho, le era hasta tal punto penoso que no tan sólo rechazaba verlos sino que ni tan sólo podía acercarse a su habitación; si alguna vez los veía o pasaba cerca de la leprosería... giraba su rostro y se tapaba la nariz. Pero la gracia de Dios hizo que los leprosos le fueran hasta tal punto familiares que, como dice él mismo en su Testamento, vivía entre ellos y les servía humildemente. La visita a los leprosos le había transformado.

viernes, 9 de enero de 2009

ESTAR DESPIERTOS PARA SER LIBRES


Liberar la mente, liberar la visión, liberar los gustos y valoraciones de las cosas es imprescindible para llevar una vida medianamente digna de seres humanos.Ser libre siendo tú mismo siempre y en todo.Entonces verás y llegarás a la experiencia directa por ti mismo de que todo tu ser es amor, aunque a veces sientas el hielo del desamor en tus huesos.Todo es AmorTodo cuanto el ser humano hace en su existencia lo hace por amor.
El único motor de la vida es el amor.Hasta los crueles actos de injusticia y odio son producto de amor.Un amor desvirtuado y desviado por la ignorancia y el bajo nivel de conciencia, pero la energía por la que esas acciones son realizadas brota siempre de la energía amorosa.Todas las acciones por más egoístas u odiosas que parezcan hay una intención de bien y amor por pequeño, limitado erróneo o egoísta que sea.La realización, salvación o liberación del ser humano consiste en dejar de vivir del error de las sombras y los reflejos y llegar a vivir el Amor.Cuando tomemos conciencia del Amor que somos como realidad verdadera, dejaremos de hacer teatro en la vida representando personajes simpáticos, atractivos, triunfadores, buenos o amorosos.Una cosa es el amor íntimo y central de espíritu por el que una persona se siente una con la persona amada y otra cosa muy distinta es el amor por al que una persona tiende a estar o conseguir a otra persona porque la encuentra agradable, útil o conveniente para sus fines y satisfacciones egoístas.El Amor a sí MismoQuienes se identifican con su cuerpo, sus sentidos y sus gesto sensibles, el amor a sí mismo les lleva a buscar como principal objetivo la satisfacción de aquellos que creen ser: su cuerpo con sus apetencias, su ego con sus vanidades.
Para estas personas el ideal de la vida es pasarlo lo mejor posible, satisfacer sus sentidos físicos al máximo o como apetencias muy elevadas, satisfacer los deseos de su ego mental o sentimental.Quien se conoce bien a sí mismo comprende que amarse es realizar su naturaleza. Amarse es querer y hacer todo aquello que conduce a la persona en su plenitud.El amor a sí mismo se manifiesta de una manera automática e inconsciente en el niño recién nacido. Busca y quiere todo ‘‘para él’’. En él, este amor es perfecto. Necesita todo para poder subsistir.Si la persona cuando crece, sigue manteniendo el círculo de su amor cerrado a sí mismo, como el niño, cuando crezca físicamente es una persona inmadura e infantil.El amar y entregarse a los demás debería ser la donación espontánea y natural del amor que uno siente ser, en el centro de sí mismo, como el desbordamiento de un vaso lleno de agua que tuviera la fuente dentro de sí mismo.Nadie amará recta y adecuadamente a los demás si antes no se ama con amor verdadero y auténtico a sí mismo.Amor a los OtrosMuchas personas aman a los otros ‘‘para sí’’. Parece como si se sacrificaran muchos por los demás. Pero en realidad no son los otros los destinatarios de su sacrificio y amor sino ellos mismos. Se sirven de los otros para su propia utilidad. Pero no solo eso sino que usan un fingido amor para mostrarse como generosos.Por el contrario, existen quienes aman de verdad.Aman a las otras personas porque quieren ayudarlas a ser más felices.Cuando la persona amada está suficientemente desarrollada en su conciencia, comprende y acepta el acto de amor cuando no se hayan conseguido los fines que buscaban.
Le basta la intención amorosa de la otra persona, a la persona poco desarrollada solo le interesan los resultados para satisfacer sus gustos y deseos y menosprecia la recta voluntad de quien la está amando con desinterés y generosidad.El amor verdadero no es como algunos piensan un amor espiritual, angélico y abstracto. Es por el contrario un amor muy humano que ve a la persona en su totalidad.
Nuestra transformación personal es lo mismo que la del mundo únicamente ha de venir por una transformación, crecimiento y mejoramiento del amor.El amor autentico no es ciego sino lúcido e inteligente ha de señalar siempre el camino más adecuado para manifestarse en cada situación de la vida concreta.Como a ti MismoLas personas que aman con amor destructivo y masoquista lo hacen porque es así como se aman, porque así lo han amado y él solo da lo que tiene adentro.Cuando te des cuenta que no hay distancias entre tú y tu prójimo sentirás que eso es el amor, ese sentimiento de unidad es la esencia de todo amor auténtico.
Sentirás entonces que no eres sino amor.Amor a las CosasTodos conocemos a personas que sacrifican su propia salud o la vida misma por conseguir o mantener ciertas cosas que aman, apetecen o desean.Las cosas son buenas. Por tanto amarlas también lo será.Pero amar las cosas como si fueran el objeto último de tus acciones y tu vida, en lugar de usarlas como medio e instrumentos para un fin superior es lo que constituye el deseo de ellas en incorrecto o malo.Todas las cosas son buenas cuando se usan para lo que han sido hechas y tú las posees sin que ellas te posean a ti.Quien vive apegado y encadenado a las cosas, se inutiliza para amar.El Amor ConyugalSuele decirse con una cierta intención educativa que en la vida de pareja debe vivirse como si los dos fueran uno y que uno u otro han de renunciar a sus gustos y preferencias para el otro para que haya paz y armonía en la pareja.Pero este estilo de unión y convivencia idílica es engañoso y se convierte en una espada de doble filo.Es cierto que debe haber unión entre los dos. Pero los dos deben conservar su propia individualidad con sus cualidades y defectos.No se trata de que hagan un esfuerzo por sentirse UNO sino que sintiendo que son dos admitan a su pareja con todas sus peculiaridades sin idealizarse uno a otro con cualidades exageradas y sueños vanos.Por otra parte se dice que deben renunciar a sus propios gustos por el bien de la armonía de la pareja. Cuando esta auto-imposición de renuncia es compulsiva, forzada, tarde o temprano llegará el cansancio y se tirará todo por la borda en cualquier momento.La renuncia de algo debería ser consecuencia normal y lógica de una aceptación y comprensión del otro tal como es.Pero esta comprensión y aceptación debe ser muy clara y serena antes de constituirse un matrimonio o pareja.Para una mejor comprensión mutuo conviene de vez en cuando un temporal alejamiento, incluso físico para revisar su relación con mejor perspectiva.Cuando una persona no tiene una clara comprensión e integración de las apetencias físicas, tendencias ideológicas, sentimentales, artísticas, etc. Surgen conflictos tanto a nivel personal como en relación con la pareja.No puede haber una estable madurez de la persona si no hay un reconocimiento claro y aceptación efectiva de cada uno de los varios niveles de la personalidad: físico, mental, afectivo, estético, moral...En la personalidad madura hay un reconocimiento e integración de todos los niveles de la persona y los conflictos de desconcierto, duda y desequilibrio, son muchos más escasos y menores.Si por el contrario se unen dos personalidades inmaduras, los conflictos se multiplican por dos.Cuando uno aprenda a superar el amor ego-centrado, producto del amor infantil en que ha venido viviendo y empieza a tener como destinatario al otro y no a sí mismo es seguro que las cosas cambiarán para mejor. El amor posesivo irá cambiando paulatinamente en abierto y generoso.Muchos matrimonios de nuestro tiempo fracasan porque se casaron sin haber madurado y siguen sin madurar psicológicamente.
Los celos suelen ser una buena señal de ello. Es el amor desconfiado, posesivo, exigente y ego-centrado que tienen, como en su infancia.
Todas las tiranías en el fondo, son efecto de inmadurez psicológica.Nunca los hijos son o deben ser la causa o razón del amor entre los esposos.
La razón del amor es el amor mismo.Amor de AmistadEn la amistad no existe el recelo, la desconfianza, la mala interpretación, la suspicacia, el cumplimiento por obligación o para quedar bien...Amor VerdaderoEl amor no es algo que se posee o se da, El amor ES. La esencia de nuestro ser es el AMOR, porque para amar fuimos creados.La mayoría de la gente cuando da algo espera recibir algo en correspondencia.
Cuando alguien da algo sin pedir ni esperar absolutamente nada se dice que ama con amor generoso.Pero el amor verdadero del espíritu o del fondo del ser es un sentimiento claro y profundo de Unidad con el otro y con todos y con el que es TODO. Entonces no hay nada que dar porque el otro es uno mismo.
Todo lo que uno tiene y Es lo tiene, y Es también el otro.Quizás algún lector pueda pensar que nadie ama con el amor verdadero del espíritu. Pero no es así. Lo que ocurre es que quienes sienten y viven así no suelen ser advertidos fácilmente, porque suelen vivir en silencio. No ‘‘hacen’’ cosas llamativas o sensacionales por los demás. Viven y aman en silencio aunque este no sea un estilo de vida muy entendible y aceptable por la gente común.El amor de la personalidad es absorbente, posesivo, interesado en mayor o menor grado y de alguna forma dependiente.
El amor de espíritu, en cambio es irradiante, unitivo, luminoso, libre y liberador.
Cuando se siente este amor en una persona, la forma diversa de pensar, sentir y ser de las otras personas no solo se aceptan de buen grado sino que jamás son motivo para el distanciamiento o alejamiento de tales personas.No llegamos a ser totalmente felices porque amamos poco y mal.Cuando yo te amo me siento en ti y a ti te siento en mí.Cuando yo te amo, aunque tú no me ames yo sigo sintiéndote en mí y yo en ti. No me importa que tú no te sientas en mí y no me sientas en ti. Yo te seguiré sintiéndome en ti y seguiré sintiéndote en mí.Es prácticamente imposible que exista amor verdadero, duradero y profundo donde no hay un tiempo para la oración, que es la comunicación con el AMOR que es Dios, es necesario irradiarnos de El, recibir su amor para luego dar ese amor que hay en nosotros.SOLO PUEDE AMAR QUIEN ESTA DESPIERTONo hay personas malas sino dormidas.
Hay quienes están habitualmente dormidos, pero ocasionalmente entreabren efímera y fugazmente los ojos y entrevén tenuemente algo de la Realidad, de la Verdad.Algunos pocos, muy pocos suelen vivir despiertos.A mayor sueño o ignorancia, mayor incoherencia, torpeza o perversidad.A mayor lucidez de conciencia o sabiduría, mayor coherencia, más bondad y más amor.
Estar despiertos es comprender y percibir interiormente la Vida y la Belleza más allá de la rosa y el rosa.
Estar despierto es reconocer el pasado como muerto y el presente como el único instante vivo.
Estar despierto significa aceptar la realidad tal como es, sin querer ni pretender que se acomode a nuestros caprichos.Todo el pasado es de sueños. Como el futuro.Todo lo existente es fruto y producto del amor.Si eres conciente de que eres amor, amarás todo cuanto es fruto del amor.Si el amor no se expresa en la vida concreta es una campana sin bandazo.El amor verdadero es necesario para una estable y satisfactoria relación sexual.
La sexualidad en cambio no es necesaria para una sana, durable y profunda relación de amor.Problemas de AmorLos mayores problemas psicológicos de las personas tienen su origen y causa en deficiencias afectivas.
Todos ellos tienen un marcado sello sentimental.
Pero el amor verdadero no tiene problema alguno. Que cuando se ama bien, del amor pequeño, ego-centrado.Lo que llamamos amor, muchas veces son tendencias y deseos de la personalidad que quiere ser y tener más de lo que es y tiene.Pero esa tendencia de la personalidad hacia algo más, está señalando la existencia de una demanda interior de mayor plenitud, que tiene su origen en la nostalgia inconsciente de esa plenitud que ya somos en el fondo de nosotros mismos, pero no la vivimos.Esa justa y razonable demanda de plenitud, únicamente puede ser satisfecha con la plenitud misma, pero jamás con algo limitado, parcial e imperfecto.Y querer encontrar la plenitud en lo que es pequeño, limitado y exiguo es caer e incurrir en todo tipo de frustraciones y desilusiones.Las demandas de un amor pleno y perfecto sucumben en los desengaños de amores pequeños, variables e imperfectos.
Y cuando estos desengaños y desilusiones afectivas son frecuentes y reiteradas, la tristeza y la depresión se instalan en el corazón de la persona quien buscará por allí y por allá remedio a su estado depresivo.
Podría darse cuenta de que ese vacío y soledad que ahora lo deprimen esperando que algo de afuera lo llene y solucione, tiene una sencilla fórmula, amar, irradiar el amor que está en su corazón por gracia de Dios.Nada ni nadie podrá jamás satisfacer tu ansia de amor pleno.Ningún amor que recibas colmará jamás tu plenitud.SOLO EL AMOR DIVINO LLENA Y SACIA.¿Quiénes Necesitan Perdonar?-Me preguntó: ¿Me perdonas?-No. –le dije- No necesito perdonarte porque aunque hubieras querido ofenderme, yo no me hubiera sentido ofendido.Necesitan Perdonar:*Los que viven dominados por su ‘‘ego’’ susceptible y vulnerable que siempre se siente ofendido.
*Los que imaginan que lo que alguien ha hecho o dicho puede destruir la imagen que tienen de sí mismos y quieren mantenerla.
*Los que se ofenden cuando creen que no se les tiene en cuenta.
*Los que ven rivales y rivalidades por todas partes.
*Los que consideran como enemigos a quienes no piensan ni sienten como ellos.
*Los que se sienten superiores.
*Los que se sienten poseedores exclusivos de la verdad.
*Los que tienen ciertas ‘‘llagas’’ y se sienten heridos cuando alguien pone el dedo en ellas.
*Los que se sienten débiles.
*Los que aspiran a ser tenidos por ‘‘San fulano mártir’’
*Los que se han creado una imagen determinada de sí mismos y temen perderla.Si no te sientes ofendido no tendrás necesidad de perdonar.Los Deseos, Causa del SufrimientoLa tendencia más universal entre los seres humanos es el rechazar y huir del sufrimiento.Y son pocos los que se dan cuenta de que:*El sufrimiento provienen de los deseos y temores.
*Cuanto más deseos existen en el corazón, más sufrimientos sobrevienen al no ser realizados.
*Incluso cuando los deseos son satisfechos, siempre asoma el sufrimiento bajo el temor de perder lo que se posee.
*Tú eres más y mejor que todo cuanto puedes desear.
*Cuando te des cuenta de lo que eres, desaparecen los deseos, porque ya no necesitas nada más.DESEA ÚNICAMENTE LO NECESARIO Y TE LIBRARÁS DE MUCHOS SUFRIMIENTOS INÚTILES.Canto de AlegríaCada día, cada mañana debería florecer en tus labios un canto de amor y alegría.Cada mañana al abrir los ojos debes darte cuenta de que ese es un día más que La Vida te regala.Desecha los temores que ensombrecen tu alma.Desecha los recuerdos del ayer cercano o lejano con imágenes deprimentes, como intrusos visitantes no deseados.Haz tu trabajo con todo el amor que te sea posible y ofrece a Dios tu Rey y Creador todo lo que hadas como regalo de amor.
Acepta lo bueno y lo malo por amor a su Nombre con dignidad y santidad, porque tu tienes el mismo espíritu noble de tu Dios, lo heredaste de El.CADA NUEVO DIA ES UNA BENDICION DE DIOS
Que hacer para Ser Feliz*Cuando haces lo que tienes que hacer.
*Cuando no haces lo que no tienes que hacer.
*Algunos quieren forzar las situaciones y hacen más de lo que tienen que hacer y siembran así su infelicidad.
*Algunos no hacen lo que tienen que hacer y dejan pasar la felicidad sin que se haga realidad en ellos.
*Como todos estamos llamados a ser felices, porque la felicidad ya habita en cada uno, únicamente hay que hacer y vivir en cada momento lo que la vida te va señalando en cada instante. No más, pero tampoco menos.
*Los que están atentos a si mismo y a la Vida, saben en cada momento lo que deben hacer y lo que no deben hacer.
*Cuando haces lo que tienes que hacer, solo te queda aceptar la vida tal como es y se presenta.
*Lo que la vida te da sea agradable o desagradable es lo mejor. Porque es la voluntad de Dios para tu bien y el de la humanidad.

Darío Lostado

jueves, 8 de enero de 2009

"HE RENUNCIADO A MI MISMO, NO AL MUNDO"


Experto en espiritualidad, historia de las religiones y diálogo intercultural, Raimon Pannikar hace tiempo que no ofrece entrevistas ni escribe artículos. Sin embargo, Emilia Robles Bohórquez nos cuenta en 21 la interesante conversación que mantuvo con el pensador en su 90º cumpleaños.
Siempre que me encuentro con Raimon Pannikar, o leo alguno de sus escritos, recuerdo el proverbio oriental: “Cuando el sabio apunta a la luz con el dedo, el necio se queda mirando el dedo”.

Y digo esto, no idealizando su figura y minusvalorando a quien no le entienda como él quisiera ser entendido; sino pensando que, para que la comunicación con sus intuiciones sea sabia y, con ello, sea fructífera, hay que situarse en otro espacio y en otro lenguaje, que no es el de la lógica conceptual, de los opuestos y las dicotomías, sino más bien en el advaita más propio del universo hindú: el principio de no-dualidad.

Si Raimon Pannikar te dijera, por ejemplo, algo así como “Dios no existe”, de ninguna manera significaría una postura atea, sino que estaría hablando de un dios extraño, no relacional, ajeno al Andros (Hombre) y al Cosmos; porque su visión y su experiencia son profundamente cosmoteándricas.

Sorpresa en este encuentro, no anunciado, el día del 90 cumpleaños. Llevamos todo el día de viaje. Anochece, ya han marchado las visitas, numerosas y significadas en estos dos días: familia, feligreses, amigos… Alegre, tras la sorpresa; nos dice: “Un hombre puede vivir sin esposa; puede vivir sin hijos, pero no puede vivir sin amigos”; y, de seguida, nos aclara que “amigo es aquel que no busca sacar nada de la relación, más que la relación misma, porque si no, ya no es amigo”. Después de charlar un rato y compartir sobre cómo nos encontramos; y sobre acontecimientos que han ido marcando nuestras vidas, nos retiramos a descansar; y quedamos para conversar al día siguiente.Por la mañana compartimos desayuno y conversación. Le pregunto, dudando yo misma, por la oportunidad de una entrevista para algún medio eclesial; y me dice que, ya desde hace algún tiempo, no concede entrevistas ni escribe artículos; y ante mi rápido gesto de aceptar sin discusión –sonríe y anima- “pero, tu escribe, puedes escribir lo que quieras, no te lo voy a prohibir”. Hablamos de la vivencia de los límites, de lo que queda y de lo que cambia. ¿Cómo lo llevas?, le preguntan muchos. El no poder, por ejemplo, concentrarte de la misma manera que antes… “Bien, - les dice- lo llevo bien, porque he renunciado a mi mismo. Pero sigo en algunas tareas, y en el compartir con los amigos, en la medida de mis fuerzas; porque no he renunciado al mundo”. “He ido dejando algunos compromisos y actividades, aunque eran bellas y significativas” porque “uno se da cuenta de que todo lo que empieza acaba y no hay que empeñarse en agotarlo; hay que dejar espacio a otros, que hagan las cosas a su manera.”Se aprecia que a estas alturas de su vida, se puede encontrar un tanto sólo en la búsqueda teológica que deja como legado, en un modo de ver y de situarse muy especial, al que algunos se aproximan e investigan, intuyen que apunta a algo esencial, o ven con simpatía; pero que pocos pueden sostener, vital (por su experiencia) e institucionalmente hablando. Él también puede entender que la Institución eclesial trate de fomentar otros perfiles y quehaceres. E incluso, se puede percibir que él mismo, en su ámbito de libertad practicada, que muchos pueden reconocer, necesita sentirse en paz con ella (con la Iglesia) de alguna manera. Que le dejen ser y expresar lo que vive, en autenticidad, y, al mismo tiempo, ser acogido en la Comunión y en el ejercicio de su ministerio. Nos alegramos de que ésto sea posible y de que así lo viva: por él, por nosotros y por la Iglesia Católica Romana. Porque Raimon Panikkar nos parece un símbolo vivo del esfuerzo por la búsqueda sabia y amorosa de integración, de la integración en su propia vida de culturas diversas, de la convergencia en la Iglesia de experiencias pastorales y teologías diversas, de la búsqueda de paz entre las religiones. Y piensa que éste encuentro no será posible a un nivel profundo mientras que reduzcamos la manifestación de Cristo, porque –reconoce- si uno dice “Jesús es el Cristo” ese es un cristiano. Pero en su experiencia vital, el Cristo está también más allá y puede ser vivido como El Ungido, también por los “no cristianos”; y parafrasea a San Pablo- “en Cristo no hay hombre ni mujer, judío ni gentil, célibe ni casado”. Y, sin dejar de apreciar el valor de la Cristología y estimando a muchos grandes cristólogos, echa de menos lo que él llama más insistencia en la Cristofanía, la manifestación del Cristo. “Porque, si no descubrimos y expresamos el Cristo que vive en nosotros ¿De que Cristo estamos hablando? Si dejáramos de cultivar esto, no me extrañaría – comenta- que muchos nos dejaran y que pocos se acercaran, ya que no encontrarían esta Iglesia creíble…” Se intuye que no percibe un impedimento real, dogmático para que, en algún momento, en un proceso, siempre buscando el diálogo y la Comunión, pero apostando por lo que uno, en conciencia, cree y vive, la mujer llegue a ejercer cualquier ministerio en la Iglesia, ni para dejar de exigir el celibato como obligación a los presbíteros. Y cuando piensa en un nuevo Concilio, a la manera en que él lo entiende, piensa que hay que trabajar hacia él, ya que considera que la Iglesia, en su conjunto, no está aún preparada… porque “aún no es posible hablar con libertad de todo lo anterior y de otros temas importantes”; y hay que seguir “haciendo y madurando un camino de proceso conciliar, viviendo, trabajando y compartiendo experiencias, en diferentes espacios, con ese espíritu y orientación.”Respecto a la dificultad y a las idas y venidas para los avances visibles en la sociedad, en general y en las Iglesias, en particular, dice: “Yo creo, profundamente, que nada de lo que se hace con autenticidad, se pierde”. “Así vivo yo el Misterio de la Comunión de los Santos”. Por eso, cuando habla de la renovación de nuestra Iglesia Católica Romana en el sentido más profundo, dice, con esperanza:- Hace algunos años, en un Congreso al que me llamaron dije: “Esto no hay quien lo pare”. Y en esto, sé que no se refiere a puntos demasiado concretos de una agenda de reformas; sino a una renovación profunda, que aflore en toda la vida de la Iglesia, y que oriente esos cambios necesarios, que pueden estar ya en la mente y el corazón de muchos. Pero para abrir cauces a esa renovación -dice- hay que tomar distancia de la microdoxia, la reducción del dogma, “al que empequeñecemos, haciendo con ello una reducción de la ortodoxia”. Y se explica: “Si entendiéramos, por ejemplo, la Iglesia, en un sentido amplio, como Misterio del Cosmos ¿cómo decir entonces, que “fuera de la Iglesia no hay salvación”?. Por eso puede entender la Salvación, como un acontecimiento magnífico y misterioso, que se ofrece a todos y a un nivel cósmico, no sólo a los de nuestra particular Iglesia. ¡Qué diferente –reflexiono- es una concepción restringida, excluyente, que, a veces, podemos tener, de la Iglesia Católica, de la extensión hindú del sanatana dharma, un camino de salvación abierto a todos!, en el que “todas las grandes religiones son más o menos verdaderas en diversos grados” (Gandhi).Y, probablemente, en el encuentro entre sus raíces (hijo de padre hindú y madre católica) se ha podido vivir ese dilema desgarrador a un nivel existencial. Aunque este pensamiento que me viene, no me impide entender la diferencia, en el nivel social, de religiones diferentes: por un lado el ramillete de religiones y filosofías, que cuesta incluso definir como hinduismo; y, por otro lado, la Iglesia católica, que ha necesitado históricamente definir sus fronteras y ha hecho proselitismo, como religión misionera, al igual que otras. Pero está bien - pienso- que los niveles se interpelen; y que prevalezca, en ciertos contextos, la Grandeza de Espíritu y la Misericordia. Tal vez si damos testimonio de esto en nuestra vida, sucederá lo que decía también Gandhi: “la fe no está hecha para ser predicada, sino para ser vivida. Entonces es cuando se propagará por sí misma”.Da a entender que, en ocasiones, en las Iglesias, como en la sociedad, es importante que el espíritu prevalezca sobre la norma, para que ésta no tome un valor absoluto, incluso carente de sentido. Sobre el cuestionamiento de aquellas normas a las que, en determinados contextos, no se ve sentido positivo; y de cómo esto puede hacer avanzar las sociedades y las conciencias, nos matiza bien el sentido del desafío y de la infracción, para que no se tome como capricho, negligencia ni ignorancia; y nos comenta un versículo de San Lucas, sacado de los evangelios apócrifos; pero que aparece en numerosos códices, por lo que se supone que es ampliamente reconocido, en el que Jesús sale a pasear con sus discípulos en sábado; y ve a un hombre trabajando en el campo - gravísima falta en la sociedad judía de la época-. Jesús se dirige a él y le dice. “Makarios” (Beato, bienaventurado) eres, si sabes lo que estás haciendo”. Por lo tanto, subraya, Pannikar, el quebrantamiento de alguna norma, que se justifica y que sería sancionable con la pena máxima en el sistema social, podría ser, según con la conciencia que se haga, motivo de bienaventuranza en otro nivel.Se maneja con tanta soltura en diversas lenguas, que cuando le preguntamos algo sobre un libro en inglés, busca a ver cual era el idioma original en el que lo escribió. Y, con esta misma soltura, recurre a la etimología, cuando rechaza la idea del Dios Omnipotente. No sé –dice- de donde sacamos esta concepción errónea del Dios que todo lo puede, porque Pantocrátor significa ´El que está por encima de toda autoridad humana´, no “el que puede todo”, en el sentido que se le ha querido atribuir a la omnipotencia de Dios. Desde aquí, trata de comprender, a Lucrecio, que ya tres siglos antes del nacimiento de Jesús, decía “O Dios no es omnipotente, o no es bueno”. El se inclina porque lo que llamamos el mal en el mundo, siempre con una carga de Misterio, esté, en parte, al menos, en directa relación con nuestra actuación; y también con nuestra comprensión dualista de lo que acontece. E insiste en la conciencia del Dios que sólo se expresa en la Relación. Ese es para él -se intuye- un sentido profundo y misterioso de la Trinidad: Dios es Relación y se expresa en la Relación.Tras hora y media de compartir vida y esperanza, cuando anunciamos el viaje de vuelta “despidámonos –sugiere- con unos minutos en silencio”. Nos tomamos las manos, en silencio y sin prisas, bajo la imagen de la Morenetta, que preside la sala; y, así, llevando con nosotros esta experiencia de oración y de Unidad profunda, nos separamos. Quiere salir a la puerta a despedirnos. Le acompaña Jorge, el muchacho boliviano que, últimamente, comparte tareas caseras con Carmen, mujer catalana, de Tavertet, que le atiende con inmensa delicadeza y cariño, en las tardes, desde hace años; y entre ambos le proporcionan algún apoyo diario que ahora precisa. Subimos al coche y emprendemos regreso, con la certeza gozosa de que este “adios”- nos veamos o no nos veamos más- es un “hasta siempre”.